Críticas, Estrenos

Pozoamargo – La sombra

Pozoamargo, el nuevo largometraje del cineasta mexicano Enrique Rivero –que ganó el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno con su ópera prima, Parque vía– se nutre del mutismo que su director otorga a las imágenes. Tan sucinta como escueta, la cinta narra un destierro autoimpuesto por un hombre que le transmite la enfermedad venérea que padece a su mujer embarazada. De una manera elogiable, Rivero se desliga de cualquier resorte dramático. Asistimos a la más pura cotidianidad de una manera totalmente ascética, sin ningún tipo de exceso formal. Esto, obviamente, limita enormemente el público al que va dirigida. No es una película sencilla de digerir, en especial su primera mitad. Para nada resulta esotérica, pero sí hierática.

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Rivero, de manera tácita, desdobla el espacio escénico en dos realidades –bien diferenciadas por la desaturación en una de ellas–. Dos planos existenciales que se ubican en el mismo lugar. El segundo, que ocupa la mitad del metraje, está representado por una nítida y bellísima fotografía en blanco y negro. Y el nexo entre ambos nace del uso del sonido en fuera de campo. Por desgracia, el cineasta mexicano pormenoriza cuando la conmiseración del protagonista  –interpretado sorprendentemente bien por Jesús Gallego, siendo su primera aproximación a la interpretación en cine– comienza a exteriorizarse. Los interrogantes que plantea a cuestiones sobre la culpa –creando una simbología con la sombra de cada individuo– se terminan antojando evidentes. Dilata la duración de las imágenes, incluso recurre a un uso reiterativo de ellas, para subrayar erróneamente el significado de estas.

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Consideraría desafortunado tildar a Pozoamargo como una película fallida, pero sí poco inspirada en su segunda mitad, ya que cae en los errores que había conseguido soslayar durante la primera parte. En síntesis, es un film ciertamente denuedo y que destila el suficiente talento como para seguir con interés la filmografía del joven director mexicano.

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