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Festival de Cine Alemán – Día 3

REFUGIO, de Marc Brummund

Empezamos la tercera jornada con Refugio, que intenta retratar el calvario al que eran sometidos los adolescentes internados en ciertos centros católicos de Alemania occidental para ser reconducidos por el “buen camino”. Nos adentramos en una de estas residencias –incluso literalmente, pues se consiguió grabar en las localizaciones originales– de la mano de Wolfgang, un chico problemático que es enviado allí por su padrastro para librarse de él. A lo largo de la historia hemos podido presenciar múltiples películas de premisa similar, quizá en otros contextos o tal vez con otros protagonistas, pero manteniendo un mismo concepto de partida. Por ello, esperaba de la obra de Brummund alguna variación sustancial con respecto a sus compañeras anteriores, ya fuera de tipo formal o en lo referente a la profundidad psicológica, pero desgraciadamente esto no se cumplió.

Refugio parece tener como fin último la crítica contra estas instituciones dentro de un marco histórico determinado –ya que al final aclara la reconversión de estos lugares en los últimos años–, para lo que se apoya en una aridez formal y argumental, lo que evitaría frivolidades molestas si la historia no estuviera enfocada desde una concreción personal que impide una visión global crítica. Otro de sus principales fallos es dar por sentado que la exposición a una brutalidad explícita dotará a la película de un sentimentalismo profundo de forma automática pero, lamentablemente, la cinta mantiene su inexpresividad y languidez durante todo el metraje, convirtiéndola en la obra más convencional e insulsa de las visionadas hasta el momento en este festival.

Refugio

YO Y KAMINSKI, de Wolfgang Becker

Mientras tenía lugar la promoción de su anterior película, Good Bye Lenin!, cayó en manos de Wolfgang Becker la novela Yo y Kaminski, del conocido escritor alemán Daniel Kehlmann. 12 años después el director consiguió sacar a la luz la película del mismo nombre, que refleja el viaje que realizan un escritor (Sebastian Zöllner, interpretado por Daniel Brühl) y el pintor cuya biografía pretende relatar (Manuel Kaminski, al que da vida Jesper Christensen) en búsqueda del gran amor del segundo.

La cinta se vertebra entorno al cuestionamiento de la necesidad de la verdad. Desde la propia concepción del libro, cada paso del recorrido está motivado por unas expectativas, nunca por la realidad: esperanzas de muerte, de conservación del amor, de prestigio o de evasión. El propio camino sirve de combustible para la idealización, que sólo se termina –para bien o para mal– con la llegada al destino planeado, que provoca también el paso indirecto de una moral instrumental e individual a una ética más colectiva y tridimensional, centrada en el cuidado.

Los dos temas principales de la cinta, la pintura y la escritura, integran también elementos propios en la forma y en la misma creación de la película, que se organiza por capítulos concebidos como cuadros. A pesar de estar narrada por el escritor protagonista, la omnisciencia se localiza en Kaminski, cuyo poder reside precisamente en la no verbalización de su naturaleza.

Con todo, la irregularidad del viaje deja ciertas paradas divertidas, emocionales e incluso líricas, pero la intrascendencia de su conjunto y su espíritu casi anecdótico colocan a Yo y Kaminski lejos de provocar a nadie el síndrome de Stendhal.

Yo y Kaminski

MI VIDA A LOS SESENTA, de Sigrid Hoerner

Tras ser obligada a jubilarse a los 60 años, Louise intenta buscar un nuevo sentido para su vida, que hasta el momento había dedicado exclusivamente a su trabajo como bióloga, por lo que se plantea quedarse embarazada. En un coloquio posterior a la proyección de la obra, Sigrid Hoerner comentó que como paso previo a la creación de esta, invitó a decenas de mujeres de distinta edad y procedencia a una cena, y en el momento del postre les mostró una fotografía retocada en la que aparecía una sexagenaria encinta. La imagen causó mucha controversia entre las invitadas, y algunos de los comentarios declarados fueron incluidos o utilizados para explorar uno de los temas principales de la película, que hoy en día sigue siendo objeto de debate.

En un mundo preparado para alargar la edad fértil natural, ser madre no parece depender tanto de los medios disponibles o de juicios propios como de un consenso social que determine la validez aparente de la persona por –entre otros factores– su longevidad, que es percibida además de forma diferente dependiendo de su género. La trama analiza el derecho a decidir no sólo como sinónimo de la posibilidad de abortar, sino también como la de concebir y criar. En este sentido, Mi vida a los sesenta podría vincularse a la premiada en el Festival de San Sebastián Paulina, de Santiago Mitre, que reflexionaba sobre cuestiones parecidas, pero a través de un acercamiento y un tono diametralmente opuestos –y bastante más profundos y acertados– a los de la cinta alemana que ahora nos ocupa.

Hoerner entiende las contradicciones como inevitables e incluso necesarias en el proceso de reflexión y toma de decisiones, lo que enriquece enormemente el contenido, pero acaba relegando estos asuntos a un segundo plano para dedicarse casi por completo a una historia de amor tradicional que termina arrastrando a la película hacia el camino más convencional e inocuo posible, echando por tierra todos sus esfuerzos anteriores.

Miss Sixty

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