Críticas, Estrenos

Green Room – Caos Calmo

Jeremy Saulnier se colocó en el punto de mira tras estrenar su segunda película, Blue Ruin, que fue premiada en prestigiosos festivales internacionales como Cannes o Gijón. Dos años después regresa con Green Room, en la que una banda de punk es perseguida por el dueño del local donde acaban de actuar después de presenciar un asesinato. El director vuelve a tocar uno de sus temas predilectos, la venganza, pero adoptando esta vez una perspectiva diferente a la de su anterior película. Si en Blue Ruin la incertidumbre se encontraba en lo referente al hecho catalizador de la sed de represalia, en Green Room el director nos identifica mentalmente con sus protagonistas, de forma que, a pesar de que podamos observar las acciones de sus adversarios, conocemos e ignoramos los mismos aspectos previos que los primeros. Observamos en directo el detonante, pero desconocemos los agravantes.

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Esta mayor consciencia de la situación puede ser uno de los motivos por los que se reduzca la intriga y la película se limite a lo visible, a lo momentáneo, de forma que sean el ritmo y la propia trama los encargados de mantenerla en pie. Y este es precisamente su mayor fallo: el guion de Saulnier parece ser discordante con su dirección. El estadounidense introduce elementos de distintos subgéneros del terror, tales como el home invasion, survival o gore, pero no los utiliza en sus condiciones naturales, sino que los acomoda reinterpretándolos. Pero este aspecto se ve emborronado por una dirección y un ritmo algo torpes, que pecan de una irregularidad no salvaje sino cansada, que hace del resultado final algo agotador sin la diversión previa que conseguiría que la fatiga posterior mereciera la pena. La desproporción parece extenderse también a las interpretaciones, donde se percibe un contraste abismal entre algunas actuaciones principales poco inspiradas, como la de Anton Yelchin, y otras muy potentes en personajes teóricamente menos importantes, cuyo ejemplo más notable es la de Imogen Poots.

La cinta de Saulnier podría asemejarse al derrumbamiento controlado de un edificio: la estructura debe caer, quedan la sangre y las cenizas, pero se pierde el descontrol, el juego.

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