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Filmadrid 2016 – Día 7

Esta clase de festivales también están para decepcionarnos, y la séptima jornada volvió a sufrir un bajón considerable de nivel. Han sido programados, en una misma tarde, cuatro de los peores trabajos de la Competición Oficial. Tanto los cortometrajes como los largometrajes han estado muy lejos de cumplir las expectativas mínimas que genera cualquier película a competición en un festival de estas características. Aparte de la calidad de los títulos presentados ayer, bastante mediocre a mi entender, está la cuestión de su escaso atrevimiento, especialmente a nivel formal. Únicamente quedan dos sesiones de la Competición Oficial, así que esperamos encontrar alguna película que alcance el nivel de cintas como O Espelho, Amijima o Vita Brevis.

En vez de hablar de las películas y los respectivos cortos que se emitieron junto a ellas, hablaré en primer lugar de los cortometrajes, pues las sensaciones que me dejaron ambos fueron bastante similares. Se viene pregonando desde el primer día de festival que las obras deben valorarse por igual duren 3 o 180 minutos. En este caso, y basándome, sobre todo, en la experiencia de lo visto y acontecido estos días, no puedo estar más en desacuerdo. Los trabajos de corta duración vistos en la séptima jornada me parecen una prueba clarividente de ello. The End of Forgetting, dirigido por Liryc Dela Cruz, compatriota y aprendiz de Lav Díaz, demuestra una simplicidad, en el fondo y también en la forma, que hace de sus 14 minutos poco más que una anécdota. Sus planos (muy escasos, por cierto) se muestran vacíos de esencia y significado, haciendo de este trabajo algo realmente fácil de olvidar. Por otra parte, Casa da Quina, dirigido por Arya Rothe, joven cineasta de origen indio, pretende transmitir la soledad de un personaje que lleva frecuentando durante 20 años una cafetería en escasos 8 minutos. El mecanismo utilizado para conectar con el espectador es una voz en off que acompaña a las imágenes, y que nos cuenta un poco la historia de la parroquiana. El resultado es una pequeña pincelada descontextualizada; un cúmulo de experiencias y sensaciones que no despiertan en mí ninguna emoción, ni banda sonora a flor de piel mediante.

Casa da Quina (Arya Rothe, 2015)
Casa da Quina (Arya Rothe, 2015)

Es el turno de los largometrajes, bastante flojos pero con una cierta construcción narrativa en ambos casos, lo que les otorga una fortaleza y un sentido del que carecen los cortos visionados. The Name of the Whale es un relato de iniciación centrado en el verano de Yuta, un joven estudiante de instituto que debe interrumpir su pasión -buscar fósiles de ballenas ancestrales- para lidiar con la despedida de un amigo, la inminente muerte de su abuelo y la nueva pareja de su madre. Poco puede decirse de un trabajo tan doloroso en su corrección como éste, atrapado por unas referencias que le hacen más mal que bien, dada la incapacidad de Fumito Fujikawa para conferirle a sus imágenes un poder necesario para embelesarnos. En cuanto al fondo, este retrato iniciático lo hemos visto en multitud de ocasiones, y la poética de las imágenes de otros directores -quizá de sus referentes más inmediatos: Naomi Wawase e incluso Hirokazu Koreeda- hacen que esta pequeña obra no resista las comparaciones. Interesante pero algo conservadora, así es The Name of the Whale.

Las lindas (Melisa Liebenthal, 2016)
Las lindas (Melisa Liebenthal, 2016)

La jornada cerraba con Las lindas, un documental de Melisa Liebenthal basado en sus vivencias personales. De valor cinematográfico completamente nulo, esta película alterna los relatos íntimos contados por Melisa, las entrevistas y conversaciones con sus amigas de la infancia y el material de archivo personal recogido a lo largo de su vida. De forma más que interesante, Liebenthal se pregunta sobre los mandatos y las prohibiciones que moldean la construcción cultural del género femenino, así como los cánones de belleza que prevalecen. El problema es que el trabajo está filmado desde su punto de vista: el de un patito feo que ha crecido rodeado de amigas guapas y muy femeninas (es la visión que da ella, aclaro). Su papel de víctima de los arquetipos de femineidad, que quizá haya impedido que se desarrollara debidamente como persona, acaba lastrando un poco, por lo contraproducente que es su propio pensamiento, las intenciones transgresoras de la película. Durante gran parte del metraje todo parece una mofa, algo a lo que no se llega a dar la suficiente importancia, pero en el tramo final aparece una crítica a los patrones de conducta que nunca trasciende lo personal, las vivencias de la joven de 24 años.

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