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Festival de Cine Alemán – Día 1: Fukushima, mon amour

Este martes 7 de junio arrancaba la decimoctava edición del Festival de Cine Alemán de Madrid, y la película elegida para abrir la muestra ha sido la última obra de Doris Dörrie, directora de cintas como Nadie me quiere o Cerezos en flor.

Fukushima, mon amour parte del choque cultural y personal que se da entre Marie, una voluntaria de una ONG que acude a Fukushima con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los habitantes que permanecen en los refugios de la zona, y la población del lugar, entre la que destaca Satomi, la última geisha que quedaba allí.

Fukushima, mon amour

El motor de la cinta se mantiene en funcionamiento gracias a los continuos contrastes que se dan entre oriente-occidente, juventud-vejez, tradición-modernidad, individualismo-colectivismo y pasado-presente. Pero para evitar la fractura que podría desencadenar la colisión de cada par de elementos, Dörrie introduce un factor unificador, que diluye el espacio entre ambos mundos para centrarse más en su complementariedad que en su diferencia: el uso del blanco y negro. La elección de la utilización de esta pareja de colores en la película se debió también –en palabras de su directora– a que permitían la evocación de un cine japonés más clásico, la focalización en la propia historia y la evitación de la banalidad de la vida diaria. Esto último es otro tema presente de forma diferencial en ambos universos, pues la humildad y sencillez de Satomi –que, a pesar de su precisión en los pequeños detalles, sólo se ve turbada por la gran catástrofe, e incluso esto lo guarda en silencio– es discordante con la corpulencia y la cierta arrogancia inicial de Marie –que parecía esconder un destino interno en la intención de su ayuda aparentemente desinteresada–.

Así, las dos vidas fueron golpeadas anteriormente por sucesos traumáticos muy distintos, pero ambas comparten un lugar común en el que vivir la post-experiencia, cuya realidad material funciona además como exteriorización de las necesidades internas. De esta forma, la vivienda en la que se resguardan, que fue derruida en el desastre nuclear, constituye una especie de limbo, un espacio seguro entre el pasado y el presente que reconstruir y en el que reconstruirse. El problema de esto es que Marie, al intentar renacer a partir de una estructura ajena, arrastra a su presente los fantasmas de otro.

Festival de Cine Alemán - Fukushima, mon amour

La línea más externa de la obra es inseparable del contexto social e histórico en el que se desarrolla, y debido a ello sirve como reivindicación y rescate de una tragedia reciente que parece intentar ser borrada de la memoria histórica; mientras que la ruta interna propone un relato más íntimo, concreto, y por tanto generalizable a otros momentos y lugares, que, a pesar de tener un estilo y desarrollo convencional, toca en distintas ocasiones un mundo de conceptos, por lo que la reiteración de sus ideas acaba traduciéndose en cierto desgaste narrativo. Otro de sus pequeños fallos se pone de manifiesto en las escenas pretendidamente líricas, pues su magia sólo consigue surgir desde su sencillez natural, y no cuando ésta es forzada mediante elementos impostados, como la música extradiegética.

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