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Filmadrid 2016 – Día 4

Para comenzar la cuarta jornada de este Filmadrid, tuve que desplazarme por primera vez a la Filmoteca, donde se proyectaría Before the Beginning, un trabajo dirigido a cuatro manos entre el belga Boris Lehman y su ya fallecido amigo inglés Stephen Dwoskin. Un documental experimental que se recrea en la cotidianidad del tiempo que pasaron juntos ambos directores, donde se filmaron el uno a otro constantemente. Tras dos versiones destruidas de la obra, una más documental y otra más ficcionada, el trabajo que vemos es una carta de despedida, una verdadera oda a la amistad. Tras un comienzo un tanto desconcertante, prometedor por la fuerza y valentía de sus imágenes, el trabajo se aleja un poco de la experimentación para centrarse en la historia de camaradería, que abruma por su sinceridad y honestidad, con imágenes algo más banales pero cuyo significado tiene todo el sentido del mundo y más. Creación y amistad se funden en poco más de una hora de cine artesanal, un work in progress (llamado así por el propio Lehman) a caballo entre la experimentación fílmica y el retrato fidedigno de un tiempo y de una amistad. En la Filmoteca podréis ver el interesante foco que Filmadrid le dedica a este genio del cine experimental.

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Before the Beginning (Boris Lehman, Stephen Dwoskin, 2015)

Iván Ginés

Un rato después tendría lugar en los Cines Paz el programa más interesante del festival hasta la fecha. Dos trabajos de mediana duración en blanco y negro aumentarían el nivel medio de la Competición Oficial en poco más de hora y media, con unos respectivos diseños sonoros sobresalientes. Del delicado y preciosista trabajo fotográfico de Vita Brevis, dirigida por Thierry Knauff, pasamos a un blanco y negro mucho más artesanal, primitivo, en Amijima, la película de Jorge Suárez-Quiñones Rivas. Ambas historias circulan alrededor de la muerte, pero lo cierto es que sus similitudes cromáticas y temáticas no son suficientes para hacer de este programa doble algo monótono y/o repetitivo. Más bien al contrario, pues la pureza de las imágenes del trabajo de Knauff se complementa a la perfección con el radical trabajo de imagen y sonido que lleva a cabo Suárez-Quiñones, que adapta la obra clásica del teatro japonés de marionetas Los amantes suicidas de Amijima.

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Amijima (Jorge Suárez-Quiñones Rivas, 2016)

Al ver Vita Brevis es inevitable acordarse de Corn Island, la última película del director georgiano George Ovashvili. Ambas reflejan un ciclo vital de la forma más sencilla y poética posible. En este caso, Knauff filma a través de los ojos de una niña el nacimiento, reproducción y muerte de miles de insectos alados en el río Tisza, afluente del Danubio. La fugacidad de la vida vista por una mirada pura e inocente. Con detenimiento, observamos las dificultades de las larvas por escapar de sus capullos, en un ejercicio de estilo deslumbrante por su estética y por la potencia de su sonido, cuya naturalidad maximiza el impacto de todas y cada una de las imágenes.

Algo más radical es la propuesta del joven director español, pues Amijima se torna abstracta desde sus primeros fotogramas, con escasos movimientos de cámara y planos generales que, generalmente, tienden a alejarse mucho de su protagonista. Sin embargo, el distanciamiento visual se pierde gracias a la fisicidad y exotismo del paisaje y a un trabajo de sonido que nos introduce en la odisea de Guillermo Pozo, protagonista de la película. Quizá el momento cumbre de la obra sea aquél en el cual una cáscara de plátano es sepulcrada en una especie de ritual, con un posterior lavado de manos que limpia, literalmente, nuestras conciencias. “Llegan a Amijima. Será el lugar de su muerte”. Con frases como ésta, sacadas de la obra de teatro y que se repiten una y otra vez, el protagonista sacrifica sus instintos no profesionales en lo que es una especie de tortura, análoga a la que sufre su personaje, si podemos llamarlo así. Junto a su compañera de programa, lo mejor que he visto en el festival hasta la fecha.

Iván Ginés

En Bella e perduta, Pietro Marcello yerra al situar un contexto político en extrema dependencia del foco en el que se establece un discurso sobre la muerte del mundo rural, así como de la insensibilidad del hombre para con los animales que no tienen una utilidad definida –como comentaba el propio Marcello en el coloquio posterior a la proyección de la película, el búfalo está desgraciadamente considerado como un animal baladí–. Resulta demasiado difuso para la relevancia que parece tener.

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Bella y perdida (Pietro Marcello, 2015)

Marcello intenta “humanizar” al animal –además de plantear alguna cuestión existencial– dotándole con la facultad de hablar, siendo su voz en off en la que se sustenta parte de la narración, además de que parece tener una costumbre algo hiriente al buscar un lirismo inexistente a cada segundo que pasa. Si Bresson, con el singular ascetismo que siempre caracterizó su obra, consiguió lo mismo que busca el director italiano con tan solo la pureza que desprende la mirada de un burro desconcertado en Al azar de Baltasar, me aventuraría a decir que Bella e perduta no funciona con unas mecánicas del todo acertadas.

Brian Garrido

Para concluir la cuarta jornada, por ahora la más potente de esta edición, veríamos un corto y un largometraje de la Competición Oficial. El cortometraje en cuestión se titula Le Park y está dirigido por la cineasta marroquí Randa Maroufi. Sin duda nos encontramos ante el trabajo de corta duración más sugerente de los visionados hasta la fecha; una muy atractiva propuesta que combina el movimiento de la cámara en unos prolongados planos secuencia con el estatismo y la parálisis de unos personajes que deambulan como fantasmas por un parque de atracciones abandonado en la ciudad de Casablanca. Inspirándose en imágenes de las redes sociales, Maroufi retrata la incomunicación de la generación actual, disociando el sonido de las imágenes que vemos en pantalla. Como si de una película de Gus Van Sant se tratara, los enigmas aparecen sin avisar tras los elegantes planos secuencia que nos meten de lleno en ese parque abandonado.

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Short Stay (Ted Fendt, 2016)

El último largometraje del día fue Short Stay, una película del joven y prometedor Ted Fendt. Problemas de conexión aparte, el director estadounidense realiza un estudio nada complaciente de un personaje apático, de esos a los que a uno le entran ganas de abofetear escena tras escena. Lo lógico sería empatizar con el sufrimiento del protagonista, genialmente interpretado por Mike MacCherone, pero sus miserables esfuerzos por aprovechar diversas oportunidades que se le presentan hacen imposible la tarea. Quizá sea eso lo que haga especial esta cinta, con la que me cuesta demasiado conectar a pesar de ver sus virtudes en la construcción narrativa. El tiempo pasa y los lugares cambian, pero los pesos vitales de Mike se mantienen impertérritos. La cinta se estanca -a propósito- junto a su protagonista, incapaz de evolucionar y superar esa vida en círculos que le ha tocado sufrir.

Iván Ginés

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