Críticas, Estrenos

Un doctor en la campiña – Benevolencia y buenrrollismo

Dejemos a un lado la sobrecarga que sufren semana tras semana nuestras carteleras de producciones francesa. Esta vez vamos a dejar esa cuestión de lado para hablar de la capacidad que tienen la mayoría de directores galos de cine comercial para combinar la comedia y el drama con total naturalidad. Algunas de sus obras podrían ser calificadas de dramas ligeros y bienintencionados, otras simplemente de comedias dramáticas. En casi la totalidad de ocasiones son capaces de combinar ambos géneros con suma habilidad. Esto a menudo resulta realmente favorable para el resultado de la película, mientras que otras veces se convierte en un lastre bastante perjudicial. Un doctor en la campiña, el segundo largometraje de Thomas Lilti, que se dio a conocer internacionalmente con Hipócrates, su ópera prima, reúne los perjuicios y los beneficios de esta clase de productos cinematográficos.

Campiña 1

Si tuviera que definir a Un doctor en la campaña de alguna manera, sin duda diría que nos encontramos ante un trabajo entrañable, regido por la armonía entre todos y cada uno de sus elementos (cámara, guion, entorno, personajes…). Pero lo cierto es que tampoco me atrevería a calificarla como una buena película, pues su indudable simpatía no fue suficiente para lograr que permaneciera en mi memoria. Quizá más intrascendente que insustancial, la criatura de Lilti está destinada al consumo rápido a pesar del buen funcionamiento de todos sus departamentos, tanto individual como colectivamente. La profundidad que podemos encontrar en la pareja protagonista nunca es alcanzada por el resto de la obra, cuyas situaciones y cuyo trasfondo dramático se encuentran siempre en el marco de la obviedad y dentro de los límites de lo comercial. De otra manera sería imposible encontrar una explicación lógica al uso de la música extradiegética en la mayor parte de los planos de transición. Como si de un requisito para favorecer la exportabilidad de la cinta se tratara, el uso de la música se repite y nos martillea sin sentido alguno.

Campiña 2

El alma de la cinta, como no podía ser de otra manera, son unos François Cluzet -realmente cómodo y efectivo en la dramedia- y Marianne Denicourt que desprenden simpatía desde el primer minuto, aunque inicalmente choquen y sus personalidades sean totalmente distintas. La película los utiliza para enfrentar lo viejo con lo nuevo, en este caso en el terreno de la pediatría. Por otra parte, aparece la enfermedad como método de aceptación de uno consigo mismo y con el resto. La temáticas son inabarcables, por lo que el fondo y las intenciones de la obra nunca llegan a estar debidamente definidas. Esto está estrechamente relacionado con los códigos de la dramedia, que en muchas ocasiones impiden que los mensajes sean transmitidos con la fuerza y el calado necesarios. Como ya he dicho, Un doctor en la campiña resulta agradable y en cierto modo satisfactoria gracias a la facilidad de Lilti para mantenerlo todo bajo control, sin estridencias de ningún tipo. Es muy sencillo conectar con ella y sentir simpatía por sus imágenes, sus situaciones y sus personajes, pero puede que sea incluso más fácil olvidarse de ella pasados unos días.

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