Críticas, Estrenos

Tres recuerdos de mi juventud – El honesto y los accesorios

Hace escasamente un año que Arnaud Desplechin presentó su última película, Tres recuerdos de mi juventud, en la Quincena de los realizadores del Festival de Cannes. Ahora, un año más tarde, coincide su reciente presencia como jurado en el certamen de la costa azul con el estreno de la cinta en los cines españoles. Para muchos la decisión de seleccionarla en dicha categoría fue injusta, pues creen que su calidad la hacía merecedora de competir en la sección oficial. Para mí, tal decisión fue más que adecuada, pues no comparto el entusiasmo que ha creado esta obra en algunos compañeros. El realizador galo demuestra sus dotes como narrador en esta película, que recupera tres (importantes) vivencias pasadas de Paul Dedalus, a pesar de que entre ellas no encontremos equilibrio de ningún tipo.

Tres recuerdos 1

El nuevo trabajo del director de Un cuento de navidad se estructura en cuatro capítulos que responden a diferentes episodios de su vida: Infancia, Rusia, Esther y Epílogo. Dado que éstos son rememorados por el protagonista -a excepción de parte del segundo y del cuarto, que tienen lugar en la actualidad-, es contradictorio advertir que se muestran lineales en su temporalidad. Y la memoria jamás almacena los recuerdos de forma tan esquematizada y nítida, pues se trata de estímulos no lineales. Éste es el primer error que comete Desplechin a la hora de ser coherente con el punto de vista, aunque más tarde errará por completo, cuando se atreva a alejarse de su memoria individual para introducirse en los recuerdos de sus antiguos amigos y del amor de su vida. Es bastante curioso que la película esté estructurada en episodios, pues aunque es innegable que los dos primeros son fundamentales para entender y llegar al tercero, además de hacer acto de presencia de forma constante a lo largo de su vida, la división episódica da la sensación de ser un capricho para cambiar el tono y la estética del relato en una especie de alarde técnico-narrativo. Recursos como la arbitraria delimitación del encuadre y la polivisión no hacen más que sabotear su propio trabajo, que encuentra el sentido de su existencia en un tercer capítulo tierno, íntimo y finalmente desgarrador. Parte del mérito recae en la labor interpretativa de los jóvenes e inexpertos Quentin Dolmaire y Lou Roy-Lecollinet.

Tres recuerdos 2

La división en episodios de la narración nos hace pasar del drama familiar heredero de Los cuatrocientos golpes al frío thriller que tiene lugar en la Unión Soviética, y de éste al (pre)romance, romance y (post)romance fotografiado con colores vivos (en algunos momentos más que en otros) entre Paul y Esther. Las ya comentadas huidas del punto de vista son aún más inexplicables si tenemos cuenta que el relato está marcado por las esporádicas apariciones de una voz en off que parece recordarnos que estamos viendo las vivencias de Paul y no las de otros. ¿Es Tres recuerdos de mi juventud una mala película? Por supuesto que no, sobre todo por la simpatía que desprende un tercer capítulo honesto, divertido y eficaz. Pero tengo muchos problemas con ella como para situarme a favor, pues para mí no es más que otro título que podría pasar perfectamente desapercibido por la cartelera (que lo hará, como tantísimas cintas lo hacen a lo largo del año).

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