Críticas, Estrenos

Madame Bovary – La muerte inerte

En su segundo largometraje, la directora franco-americana Sophie Barthes ha decidido acercarse a la literatura, adaptando la novela Madame Bovary, de Gustave Flaubert, que narra las vicisitudes de una humilde granjera que se casa con un doctor de la ciudad.

El drama interno de Emma Rovault es un auténtico infierno. Una mujer que idealiza una vida utópica en la que la parafernalia superflua devora todo, incluso la vida real y palpable de su día a día. Nosotros asistimos a esta destrucción, pero todo resulta inocuo por culpa de un esteticismo que, además de resultar vacío, es muy poco atractivo. Si el trabajo artístico no está subordinado a la narración, o directamente no posee el suficiente impacto como para que actúe como elemento independiente, todo se percibe inerte.

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En la película se omiten detalles relevantes de la novela que se podrían haber utilizado para dotar al personaje principal de un mayor interés, además de que habría supuesto un refuerzo muy vigoroso para la directora en su búsqueda de empatía para con la protagonista.

La narración se termina antojando reiterativa. Las distintas situaciones que van surgiendo –la relación de Rovault con los distintos amantes que tiene– no tienen un progreso evidente, por lo que todo se vuelve demasiado abrupto. Vamos oscilando entre el amor incandescente y la ruptura histriónica. Sabiendo el destino de la protagonista, (se nos es desvelado al comienzo de la cinta) únicamente deseo que llegue ese fatídico momento para que así termine la tortura.

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No hay duda de que el elocuente intento de Mia Wasikowska por dar vida a este atormentado personaje es uno de los pocos alicientes de la cinta; pero únicamente genera odio, cuando deberíamos ser condescendientes con ella. Los demás intérpretes –figuras muy reconocidas, como Rhys Ifans o Paul Giamatti– están correctos, sin destacar en exceso.

A modo de consejo, les instaría a alejarse lo máximo posible de esta tediosa cinta. Si su interés viene dado por ver un drama de época, hay un catálogo de opciones contemporáneas exquisitas. Bien pueden disfrutar con la infravalorada Lejos del mundanal ruido, de Thomas Vinterberg. También pueden deleitarse con el ególatra ejercicio formal de Joe Wright en la adaptación de la novela Anna Karenina, de León Tolstói. Si por el contrario se consideran admiradores de Gustave Flaubert, estoy seguro que alguna de las otras adaptaciones de la misma novela –hasta cinco adaptaciones, destacando la versión de 1991, dirigida por Claude Chabrol y protagonizada por Isabelle Huppert, y la de 1949, dirigida por Vincente Minnalli y protagonizada por Jennifer Jones– les dejará más satisfechos.

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