Críticas, Otros

Cuando pasan las cigüeñas – Esperanza

«Cuando pasan las cigüeñas» está lejos de ser una película perfecta, pero también es cierto que pocas de mis favoritas suelen ser Películas Perfectas™. Sí que suelen ser, al menos en la mayoría de los casos, expresiones máximas de la utilización de un lenguaje, pero no necesariamente inmaculadas ni carentes de reproches. Las obras más grandes casi nunca lo son. Esta gran obra tiene dos problemas principales:

El primero es el tufillo clásico que la envuelve y desentona con la modernidad de la película y que se evidencia, entre otras cosas, en el uso de la música. El segundo –que a mí es el que menos me importa– es el hecho de que Kalatozov nunca –o al menos no en los trabajos que yo le he visto– ha sido un director especialmente preocupado por lo argumental de sus cintas, de manera que uno tiene la sensación de que se encuentra ante una trama simple con una historia común y unos personajes hasta cierto punto –y con excepciones– estereotipados.

Pero si Kalatozov descuida este apartado es porque –al igual que le ocurría a Hitchcock– tiene su atención puesta en asuntos más importantes, como lo es el explorar las posibilidades de la imagen para generar emociones, tarea a la que dedican sus esfuerzos la mayoría de los grandes cineastas pero que en el cine de este director llega a cotas inalcanzables por otro ser humano en sus mismas condiciones. El arrebato de genio que presenciamos en «Soy Cuba» no tiene igual, como tampoco lo hay para algunas de las escenas de «Cuando pasan las cigüeñas», donde el virtuosismo de Kalatozov a nivel formal se combina con una mirada sensible para dar lugar a algunas de las secuencias más bellas que he visto en el cine.

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Los ligeros reproches no consiguen así empañar una obra única de una fuerza descomunal, orquestada por uno de los realizadores más brillantes que han existido. Hay en ella un buen puñado de momentos que perfectamente podrían pasar a engrosar la lista de los mejores de la historia, pero uno en particular difícilmente escapará de pertenecer a mi lista hipotética de mejores escenas. Me refiero a la impresionante secuencia del recuerdo/anhelo en los últimos instantes de vida, que aúna como pocas la emoción pura (qué duro recrear por un instante lo que no vas a vivir en base a recuerdos de lo que has vivido, pero qué bello que ese sea el deseo escogido, el último sueño sin cumplir) con la técnica impresionante, que no solo está adelantadísima a su tiempo, sino que incluso hoy en día resultaría increíble y nos haría preguntarnos cómo se puede hacer algo así. Cómo las imágenes se diluyen, se funden, se mezclan, se dejan llevar como una corriente… creo que es el acercamiento más logrado al fluir de la imaginación. Es increíble increíble increíble, realmente increíble.

Llegando afectadísimo a su final, tras hundirme como pocas, la película se permite un último acto de bondad y me concede la posibilidad de recomponerme con unos últimos minutos que, pese al –para nada molesto– fondo propagandista que desprende, envía un mensaje de esperanza. Las cigüeñas pasan una vez más y su vuelo cierra una secuencia preciosa que pone fin a una de las películas más tristes y hermosas de la historia.

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