Críticas, Estrenos

La noche que mi madre mató a mi padre – Artificio

Contradiciendo las palabras de Jean-Luc Godard, el director Brian De Palma declaró que el cine es una mentira a 24 imágenes por segundo. Estoy convencido de que Inés París suscribiría en su totalidad lo enunciado por el autor de Vestida para matar, pues su nueva película, La noche que mi madre mató a mi padre, se construye en su totalidad sobre la idea de la mentira en un inteligente juego de cine dentro del cine. Pero la farsa no funciona siempre, y menos aún en el caso de no sostenerse cuando es el pilar fundamental de un film. Alfred Hitchcock y Brian de Palma jugaban continuamente con la mentira en sus películas, pero su artificio solía ser sobresaliente y por lo tanto efectivo. No puedo decir lo mismo del tercer largometraje en solitario de la directora y guionista española, cuya intriga es demasiado previsible como para ser considerada una buena mentira.

La noche 1

La película abre con Isabel (Belén Rueda), la protagonista del film, intentando hacerse con un papel en una obra de teatro que no conseguirá al no dar el perfil de edad, pues acaba de sobrepasar los cuarenta. La escena inicial es una más que evidente declaración de intenciones, en lo relacionado a la interpretación (del propio actor y de la realidad) y por su homenaje a las actrices “maduras”. También es clarividente la elipsis que separa la primera secuencia de la segunda, que en principio parece simplemente una decisión narrativa para ir al grano. Obsesionada con su ya casi pretérita condición de actriz, Isabel quiere conseguir un papel en la película que ha escrito su marido (Eduard Fernández) junto a su ex mujer (María Pujalte), directora de cine, que a su vez quiere convencer a Diego Peretti (interpretado en la película por el propio Peretti) para que la protagonice y coproduzca. La situación se intentará resolver en una cena organizada por Isabel, en la que todo se desmadrará con la llegada de su ex marido (Fele Martínez) y su pareja actual (Patricia Montero).

La noche 3

Inés París intenta recuperar la esencia de la screwball comedy, pero el ritmo y el montaje de la cinta no siempre se ajustan a los parámetros que caracterizan este subgénero cinematográfico. De hecho, el impreciso uso de la música no hace más que indicar, forzadamente, que lo que estamos viendo es una comedia de enredo. Quizá esto tenga que ver con su interés por desarrollar la intriga de la película, que durante gran parte del metraje hace que los gags funcionen intermitentemente, pues el subrayado y la verbalización lastran la hilaridad de unas situaciones que resultan algo repetitivas. No es casualidad que el tramo final, algo menos encorsetado en los límites de espacio y género(s) que se marca la obra desde su concepción, me parezca el más divertido y espontáneo. Todos los intentos por desarrollar la intriga criminal, con evidentes referencias a la película escrita dentro de la película y a la novela negra en general, son desbaratados por la errónea aplicación de sus referentes. El guion, escrito por la directora con la colaboración de Fernando Colomo, resulta irregular y poco arriesgado a la hora de diseñar las situaciones más alocadas.

La noche 2

Temas realmente interesantes como las dificultades para encontrar papeles de las actrices pasada una edad, la ambición sin límites o la condición humana y las nuevas y complejas familias de divorciados son desaprovechadas en una película fallida y únicamente salvada por el buen hacer de sus intérpretes. Aunque todos están muy bien, hay que destacar al gran Eduard Fernández, que demuestra estar capacitado para hacer papeles excelentes con registro cómico. Su sola presencia eleva el nivel de todas las escenas. La noche que mi madre mató a mi padre tenía ingredientes suficientes para haber sido una comedia tan tensa como divertida, pero, finalmente, se queda a medio camino en ambos terrenos.

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