Críticas, Estrenos

Efraín – La perversión del cine social

El cine social actual está empezando a pervertirse de manera muy preocupante. No son pocas las películas que descuidan (y, evidentemente, desaprovechan) su valor cinematográfico en pos de transmitir un mensaje. Es una evidencia que nos encontramos ante una corriente cinematográfica que necesita exponer y desarrollar múltiples cuestiones, pero eso debería ser el medio, nunca el fin. Y últimamente están triunfando (para mí que una película mauritana o etíope se estrene en nuestro país es sinónimo de triunfo) películas cuya valía cinematográfica es pobre cuando menos. Se me ocurren cientos de ejemplos válidos, pero quizá los más apropiados sean Timbuktu y Difret, estrenadas el año pasado en España y procedentes del continente africano -la segunda de Etiopía, al igual que Efraín, la película sobre la que versa este texto-. El resultado de Efraín, el debut en el largometraje de Yared Zeleke, no me resulta tan desastroso como el de los otros dos títulos, pero su falta de riesgo cinematográfico se multiplica exponencialmente.

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La película ha sido traducida al español como Efraín, aunque originalmente fue llamada Lamb, sin duda un título más honesto con lo que se debería haber contado en la cinta. El título traducido prepara al espectador más sensible para sufrir con la historia que tiene por delante, que en realidad concuerda bastante con el resultado final. Efraín es chico etíope que vive felizmente en compañía de su padre y un pequeño cordero. Su vida dará un cambio radical cuando su padre, necesitado de unas mejores condiciones salariales para subsistir, se traslada a la ciudad a trabajar, por lo que el pequeño debe irse a vivir con su abuela y sus tíos. Efraín no es todo lo feliz que quisiera en su nuevo entorno, y sobrelleva el cambio gracias a la compañía de su cordero y a su afición por cocinar empanadillas. Sin embargo, en su nueva vivienda rigen unos valores extremadamente tradicionales, propios de los países subdesarrollados y de las zonas rurales, lo que hace que su tío tome la decisión de sacrificar al cordero en la próxima comida festiva. Y realmente es esto sobre lo que habla película: las dificultades del joven en su nuevo entorno y el apego que tiene con el animal.

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En la cinta conviven la pobreza argumental y narrativa (no ya por la simpleza de la historia, sino por el escaso impacto que causa la forma de desarrollarla) con la falta de riesgo cinematográfico. Es cierto que la estética de la ópera prima de Zeleke se desmarca un poco del cine social europeo (sin duda el más rico, al menos en cuanto a las muestras procedentes de otros continentes que tenemos ocasión de disfrutar en cartelera), dejando la cámara en mano en un segundo plano para filmar a través de planos generales esta pequeña tragedia, comparada por algunos críticos con el neorrealismo italiano. Pero ni la supuesta belleza de las imágenes (el apartado visual se ve favorecido por los florecientes paisajes que transita nuestro protagonista, pero el trabajo fotográfico deja mucho que desear) consigue hacer que esta película esquive la más absoluta indiferencia; una sensación de indiferencia que puede convertirse en exasperación por su atronadora y desubicada banda sonora. Con todo el buen cine social que se ha hecho, y que por suerte se sigue haciendo, diría que Efraín tiene un lugar inmerecido en nuestras pantallas, aunque semanalmente se estrenen trabajos bastante más flojos e intrascendentes.

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