Críticas, Estrenos

Madame Marguerite – Disonancia

UAbZv

En la extraordinaria El vientre del arquitecto, de Peter Greenaway, se daba lugar un hecho inusual: un grupo de personas se reunían y aplaudían a una obra de arte –en este caso, arquitectónica–. Este reconocimiento al artista y a su creación nacía desde el respeto y la admiración. En el último largometraje del director francés Xavier Giannoli se da lugar un hecho que se encuentra en las antípodas del suceso anterior: un aplauso a una obra de arte –en este caso, operística– que surge desde la hipocresía, siendo el dinero el germen de ese aplauso. Diferentes personas eran contratadas e introducidas en el teatro como espectadores ordinarios. Indiferentemente de la calidad de la obra, ellos aplaudían de manera efervescente, para así reconfortar al artista, para condicionar el éxito de todo ese entablado, sedimentado bajo la falsedad. Madame Marguerite maneja un concepto que hoy en día está en peligro de extinción: la sensibilidad artística. Es una cinta con una paradoja profundamente triste: la protagonista que da nombre a la película es una mujer pudiente. Siente debilidad por la ópera y anhela convertirse en una cantante de esta modalidad. Pero no tiene el talento para ello. Tiene una voz horripilante. No obstante, nadie tiene la capacidad de golpearla con la sinceridad; bien por temor debido al poder que tiene, bien por el cinismo de ver a una mujer humillarse en público y así disfrutar con el espectáculo. Pero como bien van demostrando todos y cada uno de los personajes que pueblan el relato, ninguno siente una verdadera pasión por el arte. Únicamente ella es capaz de emocionarse con una actuación; sus lágrimas son puras. Pero, por desgracia, es la única incapaz de triunfar en su pasión.

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La extravagancia de lo argumental termina por distanciarse de la forma. El trabajo de Giannoli se antoja demasiado correcto, erróneamente comedido. La mención a Greenaway al comienzo de esta crítica no se reduce a la analogía del carácter discursivo de ambos films. El director británico posee un estilo barroco, con una clara ostentación por la puesta en escena. Madame Marguerite tiene detrás un gran trabajo artístico y de adaptación al París de los años 20, pero en ningún momento esto adquiere una mayor relevancia. Se terminar por convertir en algo circunstancial, cuando podría haberse convertido en un elemento clave en la construcción del personaje de Marguerite Dumont. Unir el carácter opulento del personaje a una escenificación que rozase la caricatura para así colocar la forma y el fondo al mismo nivel y encontrar el equilibrio en la obra, en su conjunto. Pero de este modo, la cinta se alejaría de la realización convencional, lo que también reduciría el catálogo de espectadores al que va dirigido y triunfando de esta manera en pequeños sectores de la cinefilia actual, como le ha sucedido –y le sigue sucediendo– a Greenaway en sus más de 30 años de carrera.

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De esta forma, el apartado interpretativo adquiere una mayor dependencia. Todos los personajes tienen un cierto grado de dificultad para los actores por lo estrafalario que resultan. Todos excepto uno: el marido de Marguerite –interpretado maravillosamente por André Marcon–. La complejidad de este personaje nace desde el propio conflicto interior que sufre a lo largo del metraje, creándose uno de los subtextos más interesantes que posee el film. Pero, sin duda alguna, es en Catherine Frot –que interpreta a Marguerite Dumont– donde recae el peso de la película. La ganadora del César a la Mejor Actriz en los premios de la academia francesa de este mismo año, encarna a un personaje ciertamente controvertido. Es en ella donde recae el atractivo del film. La compresión de este personaje no puede nacer de la búsqueda de la racionalidad por parte del espectador. Si este es capaz de sentir empatía por la protagonista, creo posible el disfrute por parte de él con la más que interesante Madame Marguerite.

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