Críticas, Estrenos

Cien años de perdón – Valentía

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Valencia. Uno de los días más lluviosos que se recuerdan en los últimos años. Seis hombres armados con fusiles de asalto y chalecos explosivos deciden atracar un banco. El objeto que contiene la caja de seguridad 314 generará desconfianzas entre los atracadores, además de involucrar al gobierno en funciones debido a las conjeturas de que ese objeto pueda ponerles en evidencia. A primera vista, el material del que dispone Cien años de perdón es muy apetitoso. Salvando las distancias, se podrían encontrar ciertos paralelismos en este nuevo thriller del director Daniel Calparsoro con Plan Oculto, dirigida por Spike Lee en el año 2006. Después de este ingenuo pensamiento, recordamos el poco talento que tiene el español al ver su chapucero trabajo. Tan culpable es Calparsoro como el artífice del guion, el eterno colaborador de Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría.

Algo totalmente esencial que debe tener un film de estas características, ya que presentará continuos enfrentamientos entre los distintos personajes, es una buena dirección de actores. Desde luego, el plantel de actores del que dispone esta película es intachable. Raúl Arévalo, Luis Tosar, José Coronado, Marian Álvarez… Anteriormente han demostrado talento en su profesión. Pero en Cien años sin perdón, algunos parecen trabajar con cierta apatía, como puede ser el caso de Luis Tosar, y otros realizan un trabajo impostado, absolutamente bochornoso, buscando una intensidad inexistente –también culpa de la mala construcción de los personajes– en el caso de Raúl Arévalo, que realiza una de las peores interpretaciones que este redactor ha tenido la desgracia de ver en el cine español en los últimos años.

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Otro elemento fundamental a la hora de incluir una crítica hacia el sistema político que rige el país en la ficción es, ante todo, la valentía. Se critica la corrupción de un partido del que se desconocen las siglas pero que se intuye a quién han escenificado. El problema es que esta crítica es excesivamente burda y muy poco sutil. Se generaliza en exceso y no se matiza el QUÉ. La figura que lidera este partido político siempre se encuentra fuera de campo. Se transmite información entre ella y su jefe de gabinete –el personaje interpretado por Raúl Arévalo– y se recurre a una convención formal cada vez más practicada, y es la de mostrar los diferentes mensajes, en este caso de Whatsapp, en la pantalla. Existen dos problemas con el uso que le da Calparsoro: el primero de ellos es que no se aprecia un ápice de elegancia. Mientras los personajes leen los mensajes, la acción no se detiene, lo que le da un gran atractivo al momento. Échenle un vistazo al superlativo uso que se le da en la serie televisiva de Sherlock. Incluso he visto cortometrajes de estudiantes de cine con un uso más profesional que el que le da Calparsoro. El segundo problema es que la información que se transmite es totalmente fútil, llegando a difuminar en cierto modo la incertidumbre que se vive –o se debería vivir– en la cinta.

A medida que nos acercamos a la coyuntura del film, nos vamos encontrando con distintos sucesos que dejan muchísimo que desear a nivel de guion: cierto personaje que funciona como motor en un punto clave de la trama y parece tener una implicación en esta, pero que luego desaparece sin dejar rastro, otro personaje que termina resultando totalmente contradictorio a medida que se va definiendo su aportación en la historia, otro que es un pilar fundamental en el desarrollo del guion y que desconocemos hasta su nombre… Y así continuamente hasta un final que ni el peor Tony Scott sería capaz de hacer.

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Si España sigue con el ferviente deseo de copiar las fórmulas que han triunfado en la industria estadounidense, quizá habría que plantearse que figuras como Calparsoro no son las más apropiadas para llevar a cabo estos productos. Este es su segundo intento, ya que hace tres años intentó adaptar la fórmula de la saga Fast and Furious en Combustión, pero en España no tenemos los dos elementos esenciales para que esto pueda triunfar: el primero son los medios, ya que la diferencia entre los presupuesto de aquella industria con la nuestra es abismal, y eso se percibe; la segunda, el talento o, al menos, no colocar a directores que parecen sufrir artrosis. Dejemos de rentabilizar estos sucedáneos, por el bien de nuestro cine.

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