Críticas, Estrenos

La decisión de Julia – Mis recuerdos

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Es una pena encontrar películas con propuestas formales interesantes que no van en consonancia con su contenido. Este es el principal problema de La decisión de Julia, una obra cuya propuesta resulta interesante hasta que demuestra sus debilidades narrativas, su incapacidad para narrar de otra forma que no sea a través del subrayado y la obviedad de sus diálogos. El tercer largometraje de Norberto López Amado se aleja de lo puramente convencional, y no sólo por su bella fotografía en blanco y negro, que logra construir un llamativo microclima en esa habitación en la cual transcurre todo el relato. La habitación como elemento central de la narración que sirve para unir diversos encuentros repartidos a lo largo de veinte años (incluso los que tuvieron lugar fuera de ella son recordados como si se hubieran producido entre sus cuatro paredes). Y, por encima de todo, una pareja de actores (más que convincentes Marta Belaustegui y Fernando Cayo) que debe hacer frente a la teatralidad de un guion y una puesta en escena que los pone a prueba constantemente, y cuya alternancia genérica hace que en algún que otro momento rayen el ridículo, especialmente en el caso de Marta.

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Como bien indica el titulo, la película trata sobre una decisión de vital importancia que toma Julia, la protagonista. Esa decisión hará que viajemos junto a ella al fondo de sus recuerdos, a una relación que mantuvo veinte años atrás con un misterioso hombre y que le marcó de por vida. Es aquí, en este planteamiento tan simple, donde La decisión de Julia podría haber sacado provecho para convertirse en una buen trabajo; sin embargo, López Amado decide poner el foco (para lo que descuida incluso el punto de partida) en la narración lineal de la relación entre nuestros protagonistas, que por sí misma resulta inconsistente. La forma de filmar algunas escenas, el montaje y la decisión de rodar en blanco y negro son indicativos de la evidente influencia de una corriente cinematográfica tan importante como la Nouvelle Vague en esta película. El problema, más allá de no alcanzar la grandeza que sí lograron algunos de sus grandes autores, es que todo está utilizado sin aportar nada narrativamente, en ocasiones de forma arbitraria. La forma queda supeditada al fondo, y éste jamás ofrece lo que la propuesta estilística necesitaba.

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Por si fuera poco, la historia que acaba dando forma al relato es en ocasiones ridícula, pues, por ejemplo, se atreve a tocar el tema de ETA y lo hace de manera vergonzante. El problema no es el tratamiento superficial y las lagunas de toda la relación amorosa (que también tiene lo suyo) sino el pretender crear algo personal y distinto aplicando determinas técnicas de manera gratuita. La cinta se convierte en una criatura inane que, cuando está cerca de concluir, utiliza adecuadamente algunas de las técnicas mencionadas anteriormente y da una muestra de lo que pudo haber sido: una película igual de preciosa a nivel estético y narrativo. Pero todo eso, unido a un dramatismo impostado en algunos momentos (en algunos diálogos entre los siempre entregados Marta Belaustegui y Fernando Cayo), hacen de La decisión de Julia un producto totalmente fallido. Noble en sus intenciones e incluso en sus formas -a pesar de una influencia que por artificial a veces da la sensación de ser más copia que inspiración-, pero de resultado irregular y olvidable. Intenta aportar algo aun sin conseguirlo, que ya es más de lo que podemos decir de muchas películas.

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