Críticas, Estrenos

El abrazo de la serpiente – Canción resonante

En 2001: Una odisea en el espacio, dirigida por Stanley Kubrick en el año 1968, aquel monolito –considero que toda persona que esté actualmente leyendo esta reseña habrá visto la obra maestra de Kubrick, pues voy a desvelar información que no sería apropiada conocer si no se ha visto, aunque también la considero una cinta equívoca– tenía un impacto distinto en las diferentes especies con las que tenía ese contacto metafísico. En todas ellas suponía un punto de inflexión que siempre iba ligado al progreso y a la evolución, que iba unido a las necesidades subjetivas. En El abrazo de la serpiente, existe una planta sagrada llamada Yakruna que es el más preciado deseo de los dos personajes con los que tiene contacto Karamakate, un poderoso chamán amazónico, último de una tribu extinta. Para el aventurero alemán Theodor Van Martius supone la cura a una grave y extrañísima enfermedad que padece, para el botánico americano Evan supone una cura a su incapacidad para soñar. Para ambos personajes, esta misteriosa planta supone un progreso, más en su propia experiencia física e interna que en una externa, como podía ser el progreso de la humanidad en la película de Kubrick. Además, se conocen los poderes o la capacidad de esa planta, pero la odisea es su búsqueda; la odisea del monolito era la comprensión de ese enigmático objeto y la búsqueda total del conocimiento. Por sintetizar: en ambas, representa una búsqueda.

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¿De qué trata esa búsqueda en El abrazo de la serpiente? Principalmente, de la redención. También existe un encuentro con el conocimiento y con la madurez que va adherida a este. Pero en este caso, esa búsqueda subyace muy en el fondo de los personajes, una esencia arcana, abstracta, que se oculta tras las argucias y los deseos realmente definitorios de la humanidad. Uno de esos deseos es la conversión en un libertador, en falsos mesías. Como les ocurría a los personajes en Apocalypse Now, otra obra maestra dirigida por Francis Ford Coppola en el año 1979, ese contexto bélico hacía florecer sentimientos relativos a la locura, que en todo momento estaban latentes en el interior de todos por su propia condición humana. En aquella obra de arte, los personajes tenían que realizar un recorrido a través de un río, en búsqueda de un coronel renegado llamado Kurtz, que parece haber abrazado la locura. Ese misticismo que se percibe en ese río también existe en la obra de Ciro Guerra. A medida que los personajes avanzan hacia sus respectivos objetivos –me refiero a los de ambas películas–, la atmósfera resulta cada vez más y más asfixiante. Salvador Dalí mencionó en una ocasión: “La única diferencia entre un loco y yo, es que el loco cree que no lo está, mientras que yo sé que lo estoy”. La autoconsciencia de la propia condición humana, abrazar nuestra faceta más primitiva, su origen natural.

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La narración de El abrazo de la serpiente se desdobla en dos marcos temporales paralelos: el primero de ellos tiene lugar en 1909, donde el Amazonas fue muy castigado por el hombre blanco en la fiebre por el caucho debido a la gran demanda de automóviles. Esta recolección generó conflictos con las diferentes tribus indígenas que habitaban en el lugar, lo que generó torturas, prostitución forzada, pedofilia, esclavitud, masacres… Un auténtico horror. De esta forma, el odio que el joven Karamakate siente hacia el hombre blanco, su desprecio a Manduka –un ex esclavo indio que liberó Van Martius y se convirtió en su ayudante, además de que fue una pieza fundamental en la publicación de su trabajo– o la desconfianza que sintió por ese aventurero alemán era perfectamente entendible y justificable. El segundo marco temporal ocurre en 1940, siendo aquí donde podemos ubicar el contexto bélico, en pleno auge de la Segunda Guerra Mundial. Un Karamakate anciano, melancólico y viviendo en soledad, convertido en un chullachaqui –una cáscara vacía del hombre, privado de emociones y recuerdos, despojado de sus conocimientos y de su esencia, de su alma–. La aparición del botánico Evan le supone una esperanza de liberarse de su martirio, haciendo una retrospección, reviviendo sus recuerdos en su aventura con Van Martius.

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La narración está condicionándose continuamente. Muestra cómo afecta el paso del tiempo en los hombres, cómo se va agravando su situación psíquica hasta límites verdaderamente demenciales. El recorrido que toman los personajes –especialmente el que toman en 1940 Evan y Karamakate– es un aprendizaje mutuo. La ganancia de un conocimiento para adquirir una sensatez, para intentar evitar la extinción de una raza, la propia y las ajenas, en lo que respecta a Evan; y una liberación de prejuicios, la recuperación y, posteriormente, la salvación de la esencia de su tribu extinta. Dicho de otra manera: El abrazo de la serpiente es una fábula sobre la importancia de la cultura de distintas razas que hoy en día es imposible conocerlas, de que sus canciones no se pierdan en la eternidad por culpa de una superioridad moral, de la corrupción de los hombres, de la destrucción de todo lo que se extiende en el horizonte en pos una materialización de elementos de  los que muchas veces resulta ser el germen del terror.

A modo de anécdota y para complementar aquello que escribiré en este párrafo, cuando en el festival de San Sebastián se le preguntó a Jan Bijvoet –actor que da vida a Theodor Van Martius– sobre la fotografía en blanco y negro, él contestó que también se lo preguntó al director Ciro Guerra y este le contestó que de esta forma, la selva se vería extremadamente hermosa. No hay duda de ello. Existe una gran adaptación del escaso material fotográfico que se recuperó de estas expediciones. Pero, me atrevería a decir, que también tiene un efecto complementario en el propio desarrollo de los personajes –y del propio contexto–, ya que ellos están en busca de un conocimiento superior, algo místico y de poderes inimaginables, es decir, la simbiosis con la selva en la que se encuentran.

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El abrazo de la serpiente exige al espectador una fundición plena en esa búsqueda. Desde la crueldad de ciertas de sus imágenes y de los deseos más profundos de los hombres, se genera una reflexión y un cuestionamiento sobre nuestra aportación al mundo y plantea cuestiones sobre los lazos que nos atan a él. De la crisis interior de Karamakate y de su búsqueda espiritual nace una posible cura a la ceguera que sufre la humanidad. En lo que respecta a este redactor, esta obra maestra es lo mejor que he visto en lo poco que llevamos de año y creo que será muy complicado que veamos otra cinta de tal magnitud. Esperemos que me equivoque y tengamos un año repleto de obras de arte como la de Ciro Guerra.

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