Críticas, Otros

Orson Welles, una gran personalidad

Una gran personalidad, eso era lo que le concedía Bergman cuando lo definía como un «cineasta sobrevalorado». Quizá de eso vaya todo, de personalidad, de romper los moldes y dejar de permitir que sea la obra la que te mande, imponer a la obra tu propia forma de ser. El caso es que uno termina de ver la filmografía de Welles y se pregunta qué habría pasado si hubiese tenido el control. Qué habría pasado si hubiese dispuesto siempre del dinero que necesitaba para llevar a cabo sus ideas, qué habría ocurrido si hubiesen dejado que hiciese él lo que mejor sabía hacer: montar sus películas tal y como él las veía cuando filmaba.

Cuentan que Welles se encerraba en la sala de montaje y empezaba a hacer magia recortando, uniendo, mezclando y creando a partir de imágenes muertas –que para él no significaban nada en sí mismo– una obra viva, de una fuerza descomunal en cada una de sus secuencias. Cuentan que sabía lo que necesitaba en cada momento, que era consciente de que aquí faltaba un plano y aquí otro, que no estaban, que había que filmarlos, que tenía que ser así porque si no no se conseguía lo que él pretendía. Un solo plano o una secuencia de menos de un segundo marcaba la diferencia y Welles era consciente.

Sed de mal (74)

Era un genio del montaje y una de las mentes más imaginativas que ha dado el cine. Su inventiva, como su talento, no tenía límites. Cuando se quedaban sin dinero, filmaba como podía, recurría a decorados usados, los transformaba y los reutilizaba. Si no tenía vestuario buscaba la forma de filmar sin él, y si era necesario inventaba una escena en unos baños turcos que Shakespeare nunca escribió. Si las actrices se niegan a trabajar si no cobran, les pagas con lo que tengas en el bolsillo, y si no tienes dinero para contratar a alguien, haces lo que puedes tú mismo. Y cuando terminas la película a duras penas y te la destrozan y ves todo tu trabajo echado por tierra, te vas a otro país a filmar una nueva obra y a ver si esta vez te dejan. Welles no se ganaba la vida haciendo cine, se la dejaba. Él mismo confesó que ser cineasta le ha costado más dinero del que pudo ganar.

El acabado de sus trabajos no hace justicia a la enormidad de su talento, pero se puede sentir. Tras la paupérrima escenografía de «Macbeth», filmada en unas semanas con un presupuesto irrisorio, reciclando decorados cutres que tenían a mano y en condiciones de serie B, se puede encontrar la fuerza del cine torrencial de Welles, un cine como nunca antes se había visto y como nunca se volverá a ver. Su apabullante puesta en escena, su incomparable ojo cinematográfico y su capacidad para crear atmósferas con lo mínimo –el horror expresionista de «Macbeth», el universo onírico de «El proceso» o la solemne oscuridad de «Otelo»– lo convierten en uno de los cineastas más brillantes e irrepetibles de la historia, algo que no por repetido es menos cierto.

vlcsnap-2016-02-02-21h17m12s605

Me cuesta imaginar qué habría sido del cine si Orson Welles no hubiese filmado a principios de los cuarenta «Ciudadano Kane». Probablemente algún día habríamos llegado a algo así, pero ¿cuánto tiempo después? ¿Habría existido un Welles si no hubiese existido Welles? ¿Quién habría sido el encargado de reinventar el cine –sin inventar ni un solo elemento–, de dar una vuelta de tuerca a todo lo que ya se conocía, de abrir una nueva puerta con un mundo por descubrir cuando parecía ya todo inventado? ¿Quién habría jugado a deformar tiempo y espacio? ¿Quién habría dado el paso que sentaría las bases de todo el cine posterior? Difícil imaginar cómo podría ser el cine sin Welles. Al igual que Hitchcock, nació demasiado pronto y, junto al británico, sacrificó una vida de obras maestras acordes a su tiempo en un apropiado marco temporal a cambio de nacer unas décadas antes y darle un empujón al cine cuando nadie le permitiría hacerlo. Qué mal se ha tratado siempre a los grandes visionarios.

Su talento era desbordante, no en el sentido en el que lo es el de otros grandes genios como Tarkovski, Bergman, Antonioni o incluso Kubrick, maestros del equilibrio, de obras redondas, impecables y –si es que existe algo así– habitualmente perfectas. Welles es un genio de incontenible talento, de obras rabiosamente imperfectas, perfectas en su brillante imperfección. Quizá el único ejemplo de autor que estaba realmente a la altura de su propio y absolutamente desmesurado ego. Era un diamante en bruto, su talento cinematográfico se salía del molde, cruzaba los bordes, chorreaba por todos lados, en cada una de sus películas, recortadas, mutiladas, destruidas, inacabadas, destrozadas… en todas ellas brilla con luz propia la luz de un genio descomunal. Un hombre que sudaba cine, una gigantesca, genuina, inimitable y extraordinaria personalidad.

En definitiva, he was some kind of a man… What does it matter what you say about people?

Sed de mal (136)

2 Comments

  1. David

    Buena crítica, estoy empezando con Welles y ayuda mucho leer este tipo de textos que te aclaran un poco su personalidad y ideas para poder valorar mejor sus películas. Saludos!

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *