Críticas, Otros

Hombre mirando al sudeste – La rebelión de los decadentes

Crítica escrita por Edgar Pozo.

La naturaleza solo permite un desarrollo muy lento. Favorece más fácilmente un cambio de especie que un cambio de conciencia. Frases como estas cultivan una película tan enriquecedora como devastadora al mismo tiempo. Una de las grandes joyas ocultas en ese mar que podríamos llamar el cine argentino y, en general, el cine latinoamericano verdaderamente. Una película que se deconstruye constamente, donde las verdades son solo temporales y lo que podría parecer ser una posible sinopsis resumible en un párrafo como este podría resultar en llevarnos al más profundo de los desaciertos. Una dirección espléndida de Eliseo Subiela y una banda sonora de Pedro Aznar hacen de esta una experiencia grata, un film inolvidable, pase por los ojos de quien pase. Una de estas películas donde es imposible parar de pensar a medida que pasan los fotogramas por delante de nuestros ojos. Sin embargo, antes de empezar a adentrarnos en el extraño, complejo e inexplicable mundo de las sensaciones cinematográficas, dediquémonos primero a analizar los aspectos más objetivos de la película.

Los personajes de la película son un análisis neutral objetivo en el que podemos ir calentando antes de adentrarnos en nuestras disquisiciones fílmicas. El papel de Lorenzo Quinteros como el Dr. Julio Denis, un psiquiatra que trabaja en un manicomio y que ha perdido toda fe en su profesión, comienza levantando cierto escepticismo en el espectador, que posteriormente –o más bien inmediatamente– se irá disipando al abrírsenos más –puesto que es el narrador de nuestra historia– e irá adoptando una magia paulatina con relación al hecho de ser un personaje melancólico y adicto al saxofón en los momentos de soledad. Donde realmente podemos y debemos hacer el hincapié es en el brillante y desconcertante papel de Hugo Soto como Rantés, un enfermo mental que aparece en la vida de Julio en el momento indicado y que se termina posicionando como la razón de ser de la profesión y de la vida de este.

Observamos que la película se enmarca dentro de una narrativa tradicional, plagada de un lirismo alimentado por la brillante banda sonora de jazz de Pedro Aznar –con un estilo que podría fácilmente recordarnos a «La conversación» de Francis Ford Coppola y su banda sonora de Duke Ellington– pero a la vez notamos un montaje desconcertante por momentos, acompañado de una banda sonora en la que empiezan a desafinarse las notas a propósito para avivar más aun el desconcierto. Un montaje que sabe que tiene mucho que esconder, que desde el principio comienza a darnos pistas sobre la naturaleza de la película, siendo su estilo fugaz y barroco al principio y relajándose posteriormente a lo largo de toda la película, aunque sin hacer que el metraje pierda su talante singular e imprevisto con una intriga casi de thriller.

¿Qué más nos queda? No… Realmente no tiene sentido… Está todo mal… Podríamos seguir deteniéndonos en analizar nimiedades y estaríamos perdiendo la verdadera esencia de «Hombre mirando al sudeste», su verdadera razón de ser, su voluntad de poder. Hasta ahora no hemos probado ni el entrante de lo que verdaderamente puede llegar a ser una película como esta para quien pueda o quiera apreciarla. Esto no es una crítica. Oh, no, lector… No merece semejante denominación, pues una película con una fuerza emocional y filosófica como esta solo puede llevarnos a una disertación, a un ensayo sobre la razón por la cual estamos vivos, nos movemos, pagamos los impuestos, aparecemos en un lado determinado de la calle y terminamos en otro. Poco o nada son estas reflexiones en comparación con aquellas a las que nos lleva una película como esta, al abismo del relativismo, a un pozo sin fondo de preguntas con respuestas que nadie quiere conocer.

Cada frase de esta película es un balazo contra la moral establecida para que la autodestrucción del ser humano llegue lo antes posible. Una fuerza emocional y moral incontenible capaz de derretir en sus propias dudas y complejos a cualquier espectador que ose a mantener los ojos abiertos mientras ve cómo su moral, su razón de aparecer a un lado de la calle y terminar en otro, está basada en un completo engaño; realmente una capacidad de destruir emocionalmente al espectador que yo personalmente solo he sido capaz de ver en «Persona» de Ingmar Bergman. Un completo caos argumentativo, un film sin ningún tipo de garantías en ese sentido, sin una verdad a la que agarrarse y sentirse seguro en esta tempestad, todo puros espejismos, puros hologramas. Sin embargo, la película nos tiende la mano en lo único posible en lo que puede tenderse una mano firme a la que no cabe ningún tipo de objeción, la mano de la humanidad, la mano de actuar y tratar a los demás tal y cómo querríamos nos tratasen a nosotros. Un grito de llamada a la revolución de los decadentes, de los espíritus débiles, los tristes, los desesperanzados, los extraterrestres: la segunda venida de Cristo.

Una mirada en una retrospectiva introspección sobre la vida en este planeta y una deconstrucción de la idea de la locura, pues ¿acaso estamos menos locos aquellos que formamos parte de una sociedad que no consuela a los que sufren, que no escucha a los que hablan, que deja morir a los que se mueren y que encierra para no ver a aquellos que se mueren de tristeza ante una realidad semejante? Somos nosotros los que necesitamos curarnos y, aunque esta película no es un antídoto, al menos hará que veas que, efectivamente, nos hace falta uno.

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