Críticas, Estrenos

La juventud – Belleza a desgana

La magia en el cine. Cómo hacer que la elaboración desaparezca. Bajo este título, el de un libro que le sorprende que no escribiese nunca Michael Curtiz, describe Tomine en FilmAffinity una de las mayores virtudes de Casablanca: la ausencia de la sombra del director a lo largo de todo el metraje. En las antípodas de esto se encuentra una película estrenada solo un año antes y que hoy conocemos como una de las obras capitales de la historia del cine. Ciudadano Kane era una película de Orson Welles, en la que el director aparecía a cada instante –no solo en forma de actor– para hacerte notar que estaba ahí, que estaba filmando eso.

Sorrentino es un director que se hace notar. En su cine, todo es artificio, se siente su mano en cada secuencia, por lo que en ningún momento existe la sensación de estar viendo algo «real» que haga olvidar que nos encontramos ante una obra de ficción. La gran belleza era un gran truco, una gran obra sobre la nada, dotada de vida mediante unos personajes cuya excentricidad encerraba la esencia no solo de la clase intelectual italiana sino de quienes buscamos, no sabemos bien dónde ni por qué, esa gran belleza. Se hace difícil, desde la profunda adoración por su anterior obra, hablar de los terribles problemas de este nuevo trabajo, porque es indudable que La juventud guarda demasiado en común con La gran belleza, y no se diferencian tanto en el qué, sino en el cómo. Un detractor de Sorrentino no dudaría en señalar lo artificial de su forma –una característica que ambas comparten– como el principal problema de su cine, pero ese no es el asunto.

vlcsnap-2016-01-19-13h51m24s503

En las películas de los hermanos Marx, cuando Groucho iba a hacer un chiste, solíamos notar cómo la acción se detenía, y de una manera muy similar a como funcionan los apartes en teatro, el humorista parecía hablar directamente al público –en ocasiones incluso mirando a la cámara– cuando remataba su broma con la frase lapidaria. A lo largo de la historia hemos visto multitud de ejercicios similares: el director se asegura de que nada desvíe la atención del chiste y, cuando es ejecutado, aguarda unos segundos a la espera de tu risa. Quien dirigía a los hermanos Marx sabía que eran las estrellas de la película y Sorrentino en La juventud da el mismo trato de respeto a la frase.

Justo al inicio de la película tiene lugar una escena que evidencia el carácter de la cinta. Cuando se le menciona el nombre de la Reina, el personaje de Michael Caine comenta que encuentra entrañable la monarquía. Esta frase no viene muy a cuento, es el director preparando torpemente el chiste. La persona que acompaña al protagonista le pregunta –cómo no– por qué ve así la monarquía, a lo que él responde: «Porque es tan vulnerable… Eliminas a una persona y, de repente, el mundo cambia». Entonces se produce ese efecto, cuando Michael Caine, casi mirando a la cámara, pronuncia la frase lapidaria, no parece que sea él quien nos mira, sino el propio director. Hay una pausa, la acción se detiene y cae la bomba: «Como en un matrimonio». No hay elegancia, no hay sutileza, es el culto a la frase de calendario.

La juventud (19)

Al contrario que La gran belleza, una cinta que pese a estar construida de momentos aislados mantenía una perfecta cohesión, y en la que todo fluía a la perfección prácticamente desde el inicio hasta el final, La juventud se desvela desde sus primeras escenas como una película de sketches con la única intención de que funcionen por separado, un conjunto de citas de estado de Tuenti, a veces pretendidamente profundas –sobre el futuro y el pasado– y otras que no tanto –como la que finiquita la conversación entre el personaje de Harvey Keitel y su hijo sobre su nueva novia– en las que es inevitable ver la mano del director en su peor forma. La sombra del director aparece en la película en pijama y zapatillas, con ojeras y el pelo revuelto echado en el sofá.

Un Sorrentino resacoso y desganado recicla algunos de los temas que formaban parte de su anterior película y construye una obra hermosísima de ver, fiel a su acostumbrado talento visual, pero carente de fuerza. Tras escribir una obra sobre la banalidad, el cineasta italiano cierra el círculo con una película banal, un precioso cascarón que deslumbra a la vista y encandila al oído, pero que cuando el truco se revela el pálpito se confirma: por dentro está vacío. Se cancela el espectáculo por indisposición del mago, que ya no hace magia. Necesita descanso… y nosotros un buen truco, no un apaño.

One Comment

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *