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Amour Fou – El discreto encanto de la burguesía

En 1970, debido a los problemas de memoria que acechaban a su familia, Buñuel empezó a obsesionarse con la idea de repetición. Decidió entonces crear una película con un esquema reiterativo, que terminó convirtiéndose en la brillante El discreto encanto de la burguesía.

En ella, los personajes tenían un objetivo claro -celebrar una cena- pero a lo largo de la cinta se sucedían distintos obstáculos que acababan impidiendo que se alcanzara esa meta. Buñuel intentó llevar esas situaciones al límite, de modo que la comedia y el drama se entrecruzaran hasta la confusión, pero decidió no traspasar nunca la línea de lo posible, de lo aceptable, aunque lo fuera sólo remotamente.

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Jessica Hausner parece retomar en Amour Fou esa idea general. En esta cinta, que gira sobre el ideal romántico que coloca al amor por encima de todas las cosas, presenciamos los intentos de un joven poeta de morir, que son interrumpidos constantemente por diferentes motivos. Pero una de las diferencias entre la obra de Buñuel y la de la austríaca es que ella elige como personaje principal a un individuo concreto, real, un personaje histórico que vivió en el Romanticismo, pero liberándole de las cargas propias de una cinta biográfica.

Así, lejos de convertirse en un biopic, Hausner intenta dotar a la película de un carácter impersonal, universal, que represente más a la época que al individuo. De esta forma, el personaje principal cede su protagonismo a un concepto: el amor. Éste sufre un proceso de abstracción en el que se libera del sentimiento, de la pasión o el cariño, y pasa a ser una simple idea. El amor por el amor. La idealización del concepto teórico por parte del poeta acaba llevando a un absurdo, y es entonces cuando la película se acerca a la línea de la comedia negra, pero siempre de forma sutil y elegante, jugando con el amor y la muerte sobre una fina capa cercana a la sátira. El personaje se enamora del ideal puro, no de la aplicación de este a la vida, y desea llevarlo hasta las últimas consecuencias, arrastrando a las personas que necesite para ello, utilizándolas como medio y no como fin.

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Hausner pone de manifiesto un gran dominio del espacio, otorgándole a cada escena la personalidad de cuadro, de elemento visual individual. La cinta adquiere así una belleza superior, casi contemplativa, que pide ser observada con detalle. Pero esta naturaleza tan analítica hace que la obra me acabe pareciendo casi estéril, imponiendo una separación entre la cinta y el espectador. Al buscar con tanto empeño la pulcritud, me acaba resultando fría, carente de los sentimientos más puros, como le ocurre al propio protagonista.

Por todo esto, el final carece de la fuerza que lo habría convertido en el broche perfecto. El material era suficiente como para conseguir un desenlace desgarrador, que destrozara al espectador, pero el tratamiento de depuración que sufre, aunque favorece su apartado visual, lleva a la narración al desgaste y, con ello, a una disminución de su impacto.

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