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El camino más largo para volver a casa – Duelo

Tras pasar por una experiencia traumática, un hombre se olvida de alimentar a su perro.

Este “pequeño” suceso fue el punto de partida, el germen de un cortometraje que dio pie a la que sería la primera película de Sergi Pérez, que en un coloquio en Madrid, tras la proyección de su largometraje, desvela algunos detalles del rodaje y del proceso de creación.

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Al llevar a su perro al veterinario para que lo traten, el protagonista de El camino más largo para volver a casa deja las llaves dentro de casa. Cuenta el director que este hecho fue algo accidental, que tuvo lugar en la que resultó ser la mejor toma y decidió dejarlo en el corto. Curiosamente, este accidente acabó siendo el motor externo de la propia película, mientras que el impulso interno es una elipsis, algo que no se muestra en ningún momento pero de lo que se nos dan pistas con cuentagotas que ayudan a intuirlo.

Este me parece uno de los principales aciertos de la película. El espectador no necesita saber realmente qué es lo que pasó, cuál fue exactamente el desencadenante, y por ello la obra no ofrece todas las piezas del puzle, permitiendo que sea el público el que complete los detalles.

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La cinta tiene un doble carácter en la mayoría de los aspectos.

En los diferentes planos, la cámara en mano, más agresiva, que busca, que persigue al elemento que huye, se intercala con planos más delicados, fijos o ligeramente móviles, que se acercan cautelosamente al personaje, de forma más íntima, pero dejando siempre una distancia prudencial.

La dualidad se extiende a la propia naturaleza del protagonista, que se mantiene en la línea que separa lo violento de lo tierno. La creación de un personaje principal molesto o incómodo siempre es arriesgado, porque confronta con la necesidad del espectador de verse reflejado o sentir empatía por lo que ve. Aunque toda la película gire en torno al protagonista, siendo los personajes secundarios meros espectadores de su camino (al igual que nosotros), nunca vemos su verdadera cara, parece haber sido construido de forma pretendidamente opaca y difuminada. En esto juega un papel esencial la utilización de cristales, vidrios y espejos, que nos dejan ver la imagen que hay detrás, pero siempre de forma adulterada. Al interponerse entre el sujeto y la cámara, nos ofrecen una distancia de seguridad, que también utiliza el personaje en múltiples ocasiones al cambiar su identidad para no enfrentarse a la realidad.

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Otro contraste destacable es el existente entre el motor interno y el externo. La temida realidad, a la que debe enfrentarse, contra la evasión obsesiva, la búsqueda un refugio en el que continuar con la negación.

En el viaje, el protagonista recurre a la búsqueda de estímulos, como un beso o el sexo, con el objetivo no del placer en sí mismo, sino de la negación del dolor y la necesidad de sentirse vivo. En la superficie, la película tiene una estructura muy simple: la búsqueda de unas llaves. Pero al ahondar en su interior se descubren decenas de capas, no todas explicables, con el núcleo principal del duelo.

Pérez introduce también en la cinta varios elementos como metáforas o símbolos: el bolso, como peso de la mujer, que lleva casi inconscientemente a todas partes para tener algo a lo que aferrarse; o el perro, que simboliza una culpa, un recuerdo que quiere borrar y por ello abandona, aunque siempre acaba regresando a su vida, ya que la única forma de liberarse de él es enfrentarse y reconocer que existe, y que debe tratarlo.

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En conclusión, El camino más largo para volver a casa me parece una película pequeña (que no sencilla) pero muy estimulante y valiente, que con un interesante fondo y sin descuidar la forma, sabe utilizar la expresión cinematográfica en su favor.