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Señor Manglehorn – Living in oblivion

Manglehorn es un viejo cerrajero que se separó de la que consideraba el amor de su vida hace años, y que lleva obsesionado con ella desde entonces, escribiendo cartas diarias con la esperanza de recuperarla.

Así, el protagonista vive anclado en un pasado que intenta rescatar, pues considera que su felicidad reside allí. Por ello, todas sus acciones presentes –desde su trabajo hasta sus conversaciones diarias– son mecánicas, repetitivas, casi pasivas, como si fuera su fantasma y no él quien estuviera experimentando aquella vida. David Gordon Green potencia esta sensación mediante un juego constante de ritmos, luces y filtros que crean una atmósfera cercana a un estado onírico, pero sin salirse nunca de lo real. Como si esta vida fuera un simple recuerdo de otra anterior.

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El personaje interpretado por Al Pacino –que hace suya la película mediante un ejercicio de contención– resulta casi impersonal, cercano a un ser inerte que existe únicamente a través de logros pasados –como recuerda continuamente el personaje de Harmony Korine– y que rechaza toda novedad sin ser consciente del autoboicot al que se somete.

El director introduce la casa del protagonista, su refugio, en una burbuja que se encuentra en el mismo tiempo vital que este personaje, exteriorizando su nostalgia en un amarillo melancólico, propio de un tiempo antiguo. En contraposición, los elementos más modernos o que implican algún cambio en su rutina se muestran bajo una óptica pesadillesca, distorsionada, que acaba infundiendo incomodidad e incluso miedo.

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La historia principal puede resultar sencilla e incluso algo trillada –un hombre conoce a una mujer, pero no puede estar con ella hasta haber roto con los demonios del pasado–, pero es el tratamiento que esta recibe lo que convierte la obra en algo diferente, que destila magia en algunos momentos puntuales. Sin embargo, la extrema sobriedad y las múltiples subtramas que sólo son útiles para probar aspectos de la personalidad del protagonista acaban lastrando la cinta hasta empequeñecer el conjunto y causar que termine dejando un regusto agridulce.