Críticas, Estrenos

La novia – Vacío

Si nos alejamos de las cintas españolas que suelen aglutinar a un gran sector de los espectadores, podremos apreciar que el nivel de nuestro cine no tiene nada que enviar a otras industrias extranjeras. Es más, algunas joyas que no se apreciaron en las salas nacionales –también debido a la escasez de copias– sí lo hicieron fuera de nuestras fronteras. Simplemente hay que contrastar los datos de la taquilla de Magical Girl en España y en Francia y se podrá apreciar lo que hablo. Hagamos un balance del gran año que hemos tenido: hemos tenido consolidaciones de pilares clave de la cinematografía española reciente –Cesc Gay con Truman–, la aparición de nuevas miradas dispuestas a aportar muchísimo talento –Lara Izagirre con Un otoño sin Berlín– o, como ocurrió el año pasado con la fabulosa Loreak, una nueva muestra del buen cine que produce el País Vasco con Amama. Todos estos logros quedan sepultados ante el éxito inmerecido y vomitivo de cintas como Ocho apellidos catalanes, entre otras infames películas.

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En cambio, hay otras películas como La novia que resultan insultantes no por su ausencia de talento tras las cámaras, sino por el incesante deseo de una búsqueda de lo trascendental en la que se destruyen las posibilidades de las que dispone la imagen. Porque sí, Paula Ortiz parece desconocer lo que es dejar que la imagen respire. También debe de desconocer que la imagen puede expresar emociones por sí sola, que no es necesaria saturar cada escena –y subrayar en exceso– con canciones populares.

Y tan forzada se encuentra la imagen como los diálogos que escupen los actores. Un elenco muy poco inspirado que es experto en generar lástima por un trabajo que se encuentra en las antípodas de lo que se llama interpretar. Especial mención al patetismo de Asier Etxeandía. Me resulta imposible no contener una carcajada ante el circo que se postra delante de la cámara. Al apreciar que la sala se mantiene en silencio, debo de entender que soy el único que considera La novia una de las peores películas españolas no sólo del año, sino de la década.

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Y es que no hay nada más doloroso que ver a una cinta totalmente vacía con un envoltorio para relucirla como algo totalmente sustancial. Y también resulta doloroso ver cómo las posibilidades de una puesta en escena tan llamativa como poco común en el cine español reciente no la acompañe un uso inteligente de la narración. Porque sí, su fotografía podrá tener algún destello de lucidez, pero la imagen nace muerta. El mayor ejemplo es una maravillosa panorámica de todos los invitados de la boda caminando en un sorprendente contraluz. Un momento que es una delicia para poder crear una sensación de ahogo en el espectador mediante el sonido. ¿Cómo lo soluciona Ortiz? Metiendo una canción popular. Y así una tras otra, la crispación aumenta y crece sin parar hasta un clímax en el que me pregunto si estoy presenciando algún tipo de parodia.

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