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Aprendiendo a conducir – The Road

La mayor parte de la obra de Isabel Coixet comparte, más que una estética propia, un tratamiento similar de las historias. La directora suele profundizar en el sentimiento de sus personajes, agravando principalmente lo trágico de su situación, rozando con la punta de los dedos el tremendismo. Coixet acostumbra a explotar la esencia de una forma íntima, liberando el exterior de florituras y centrando sus esfuerzos en lo personal. Así, su núcleo narrativo es el interior humano, y su perspectiva realza especialmente la emoción en las situaciones más adversas, con la muerte, las enfermedades u otros problemas trascendentales siempre acechando.

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Este enfoque particular es el corazón de la personalidad de su cine. Puede gustar más o menos al espectador, pero lo que es seguro es que generará en él una respuesta, una reacción hacia su estilo.

En la cinta estrenada antes que la que nos ocupa, Mi otro yo, Coixet intenta acercarse al cine de género pero, al distanciarse de la naturaleza que domina, no sale muy bien parada. Introduce algunos elementos típicos de su cine –en este caso, en la historia del padre–, pero permanecen en un segundo plano, siendo lo principal una trama con tintes fantásticos en la que le cuesta desenvolverse y que puede llegar a resultar casi paródica.

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En su última película, Aprendiendo a conducir, recupera su interés humano en el mundo real, pero desaparece su sello propio. El intento por realizar una comedia dramática afecta a la historia, que no encuentra su verdadero camino. A esto se añade que la directora trabaja con un libreto ajeno, lo que parece provocar que su forma de narrar se vaya diluyendo hasta que la cinta se vuelve completamente impersonal. No encuentro en ella rastro alguno de la artista, sólo una historia típica, que da la sensación de haber sido contada mil veces anteriormente, sin ningún rasgo que le permita sobresalir de entre el montón.

La película se estructura entorno a dos tramas, que confluyen en las clases de conducir a las que hace referencia el título. Pero las dos historias por separado carecen del desarrollo y el tratamiento necesarios para ganarse el interés del público. Se presentan problemas de gran calibre, pero en lugar de llevarlos al límite, hasta la respuesta emocional, se tocan de forma superficial, haciendo que acaben resultando banales.

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La introducción del coche como elemento de unión, enfrentamiento y purificación podría haber sido un recurso interesante, pero su tratamiento tan amable y ligero, su falta de nervio, y su conducción por lugares demasiado comunes hacen que acabe resultando una pieza inofensiva más.

A pesar del correcto trabajo de Patricia Clarkson y Ben Kingsley, la película se queda en tierra de nadie, produciendo una indiferencia absoluta. No puedo afirmar que sea una película mala, puesto que no provoca en mí ninguna sensación. Y creo que esto es algo aún peor que el odio.