Críticas, Estrenos

Techo y comida – Los invisibles

Considero que realizar una película que contenga un fuerte carácter social es muy complicado. Dentro de los márgenes del cine relativo a la actual crisis económica y del tema del desempleo, hay una línea que separa la crítica presentada con dureza y el sensacionalismo barato. Techo y comida titubea demasiado entre ambos lados. Narra una historia que por desgracia se reitera en cada barrio de este país. Una madre soltera sufre grandísimas dificultades para salir adelante y mantener a su hijo pequeño. Las prestaciones sociales brillan por su ausencia. Obligada a recurrir a trabajos mal pagados y gracias a la caridad de una vecina, Rocío sobrevive a duras penas.

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Lejos de ofrecer una radiografía profunda de un país que está sucumbiendo ante la miseria, se dedica a centrarse en la psicología de alguien que vive en este contexto, tanto que termina por descuidar a los secundarios, que para nada están bien dibujados. Al poseer una crítica social demasiado tibia, el debutante Juan Miguel del Castillo se ve obligado a usar a los secundarios para que reciten las típicas frases redundantes en los que se crítica y se insulta –con toda la razón del mundo, eso nadie debería cuestionarlo– a los responsables de la situación. Pero no se aprecia en su totalidad con imágenes. Ofrece una muestra muy inteligente de lo inestable que son las pequeñas y medianas empresas, pero no se percibe la miseria, como tampoco se percibe el fuerte contraste que hay entre las diferentes clases sociales, algo que analizaba de una forma prodigiosa Vittorio de Sica en Ladrón de bicicletas.

La cinta crítica con dureza el patriotismo que se genera en circunstancias que suelen rodear al fútbol. Con esto me refiero a la selección española, cuando ganaron la Eurocopa en 2012 y la ceguera que produce a una nación entera. No es para nada sutil, pero funciona. El problema es cuando llegamos al sensacionalismo barato. El niño, que viste en ese momento una camiseta de la selección, se la quita mientras camina por la calle, renegando así del país que le ha dado la espalda. Que este acto lo realice un niño de 8 años, aún incapaz de comprender la situación, lo considero una medida sensacionalista. Y aunque pueda entender la necesidad de incluirlo en el relato de la película, considero que lo hace de manera errónea.

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Techo y comida resulta interesante, con diversos defectos, pero en la que se puede vislumbrar a un posible director con un futuro interesante por delante. Natalia de Molina realiza su primer gran papel, cargando sobre sus hombros el peso de la película, y se consolida como una de las actrices más talentosas de su generación. En resumen, una película imperfecta pero necesaria.

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