Críticas, Estrenos

La calle de la amargura – Miseria

En la pasada edición del Zinemaldia tuve la oportunidad de ver 600 millas, la ópera prima de Gabriel Ripstein, el hijo del mexicano Arturo Ripstein. La película, inexplicablemente seleccionada por México para representar a su país en los Óscar, me pareció un desastre absoluto. Sus problemas se iniciaban en el propio guion y concluían en el plano formal. Pero lo que sentenciaba su primer trabajo era un hecho concreto: la torpeza en la presentación de los personajes. Pasada una hora de película apenas había avanzado la narración, la cual se encontraba estancada en la ardua tarea de definir a los protagonistas. Una construcción de personajes que, además, dejaba mucho que desear.

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Si introduzco la crítica de esta manera, haciendo mención de los problemas que acarreaba 600 millas, es para relacionarlos con los de la última película de su padre, La calle de la amargura. La nueva cinta de Arturo Ripstein no me parece un desastre, ni mucho menos. Pero sí encuentro que adolece de un problema con el que también cargaba la ópera prima de su hijo: la presentación de personajes. Aquí los personajes quedan definidos a la perfección a través de breves escenas, muchas de ellas construidas a través de elegantes y vistosos planos secuencia separados mediante concisos fundidos a negro. El problema, sin embargo, se origina cuando la presentación de los mismos se prolonga en exceso, mostrándonos de forma hiperrealista y grotesca diferentes situaciones que tienen los miserables seres en su deambular por esta calle de la amargura. Escenas reiterativas que sobreexplican las motivaciones y penurias de los personajes con mayor importancia, como preparándonos para el suceso que supone el punto de inflexión del film.

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La calle de la amargura nos acerca una historia real que ocurrió en el año 2009 en México. La fotografía de la película es en blanco y negro, haciendo el relato atemporal y embelleciendo a través de las imágenes una historia más que gris. Ripstein nos presenta a cuatro personajes que serán parte activa de un hecho que condicionará el resto de sus vidas: dos prostitutas de mediana edad y dos Wrestlers enanos. Las prostitutas no están cansadas de trabajar, lo están de no hacerlo. Su físico ya no es el requerido para ese oficio y sus clientes escasean. Una tiene problemas con una hija adolescente y un marido travestido. La otra tiene que enfrentare a la soledad. Esa misma noche -la del día en que se desarrolla la cinta- van a ir a celebrar la victoria en el ring de los dos luchadores enanos. Sin embargo, esa noche de fiesta tendrá fatales consecuencias.

La calle de la amargura es un ejercicio de estilo bastante interesante, que me hace recordar el de Pablo Agüero en Eva no duerme. Su lograda estética, sin embargo, deja de sumar muy pronto. La nueva película del mexicano peca de reiterativa, prolongando en exceso un metraje que podría haber sido mucho menor. Mi conexión con la obra desaparece y nunca llega a transmitirme la sordidez pretendida, haciendo que su trágico final me parezca cualquier cosa menos una tragedia. Aunque pueda sonar redundante, el sabor que me deja La calle de la amargura es amargo. El sentimiento, sin embargo, se acerca mucho más a la absoluta indiferencia.

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