Críticas, Estrenos

El puente de los espías – La figura del héroe

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Si hace poco más de un mes pudimos ver lo agradable que puede llegar a ser la supervivencia en Marte, ahora es el turno de apreciar lo apacible que fue la Guerra Fría para todos los que la sufrieron. Bueno, a excepción de los presos estadounidenses en manos del ejército soviético. Y qué mejor que un guion que ha pasado por las manos de los Hermanos Coen para quitarle hierro al asunto. Tom Hanks no sólo repite como protagonista en un trabajo de Spielberg, sino que además su personaje está escrito por estos hermanos -y Matt Charman- que tan bien explotaron sus capacidades cómicas en Ladykillers.

El puente de los espías nos traslada a la década de los 60, en plena Guerra Fría, cuando Rudolf Abel es detenido y acusado de ser un espía soviético. James Donovan, un brillante abogado ahora en el terreno de las pólizas de seguros, es requerido para llevar a cabo la importante e impopular defensa del presunto espía. Más tarde se verá involucrado en una operación crucial: la CIA le escoge para entablar negociaciones con los rusos en nombre del gobierno estadounidense para llevar a buen puerto el intercambio entre Rudolf Abel (Mark Rylance) y un piloto yankee que ha sido apresado por el ejército ruso en la RDA.

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Los primeros tres cuartos de hora de metraje suponen una estupenda presentación de la historia. Con una secuencia inicial cargada de tensión, Spielberg nos recuerda al de los mejores momentos de Munich, una de sus obras más redondas. A través de un ritmo pausado pero enérgico, la película nos somete a un estado de creciente tensión que termina por desvanecerse antes de lo previsto. Mark Rylance se convierte en el dueño y señor de la cinta hasta que Donovan (Tom Hanks) parte hacia la zona de conflicto. A partir de ahí, su personaje pierde presencia -al menos física- y coincide con el bajón que pega la película. Sí, El puente de los espías cae en picado y ya no se recupera; todo eso sin contar con la excesiva manipulación a la que nos somete Spielberg de principio a fin.

En un principio podemos observar cierta crítica del director a sus compatriotas, en su incapacidad de tolerar que un espía soviético tenga derecho a ser defendido. De forma nada sutil, casi irrisoria, vemos también cómo Donovan se gana el rechazo de sus iguales por aceptar esa tarea. Pero todo aquello que creamos autocrítica o imparcialidad no es más que un espejismo. No hay más que ver las diferentes condiciones de los presos según qué bando sea el opresor. Ni rastro de sutileza. Spielberg ha encontrado en Donovan a su héroe definitivo, aquel capaz de ser condescendiente con sus enemigos, el mismo que le llevará la contraria a todas las autoridades para más tarde convertirse en el perfecto reflejo de lo que representa el cine de Spielberg. Sin embargo, esto no es ni mucho menos el principal problema de El puente de los espías, a pesar de que tanto maniqueísmo puede acabar con cualquiera.

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El puente de los espías puede que no sea una mala película, pero resulta intrascendente como thriller de espionaje y como drama histórico. Todo lo que tiene que aportar se encuentra en el primer tercio del filme; el resto es, cuando menos, olvidable. A pesar del exquisito envoltorio, con la sobriedad y elegancia habitual en el cine de Spielberg, tengo la sensación de que esta película ya la he visto. Y mejor. La pérdida de tensión termina por evidenciar que este trabajo no tiene alma. Y lo que es peor: los tics del director de Ohio van adquiriendo presencia hasta adueñarse por completo de la cinta. La sensiblería y el sentimiento patriótico nos dejan tres o cuatro finales, cada uno de ellos más bochornoso que el anterior. Todo con la ayuda del subrayado musical de Thomas Newman, cuyo empeño -o el de Spielberg- en hacer imperceptible la ausencia de Williams se encarga de eliminar al gran compositor que es.

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Spielberg ha perdido una estupenda oportunidad de reafirmarse como realizador. No obstante, su destreza tras las cámaras sigue intacta, por lo que aún está a tiempo de volver a regalarnos una gran película que alcance el nivel de Tiburón, La lista de Schindler o Munich. El puente de los espías, desgraciadamente, no se acerca a ese grupo selecto de notables obras cinematográficas.

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