Críticas, Estrenos

Mistress America – El genio intermitente

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Hace solo tres años un tal Noah Baumbach revolucionó el panorama del cine independiente norteamericano -y mundial- con Frances Ha. Pero el director y guionista neoyorkino ya tenía una estupenda película en su haber: el lúcido y tragicómico análisis de las familias desestructuradas que es Una historia de Brooklyn. No obstante, el estreno de Frances Ha supuso un evidente empujón a la carrera cinematográfica del ex guionista de Wes Anderson. Mistress America -que llega a nuestras salas solo dos meses después de que lo hiciera Mientras seamos jóvenes, el anterior trabajo de Baumbach- es una suerte de continuación encubierta de Frances Ha, un complemento necesario -y no por ello menos efectivo- de ésta, algo que no es de extrañar conociendo la filmografía de su director, pues todas sus películas parecen pertenecer a un trabajo común. Gerwig y Baumbach escriben de nuevo una obra para el lucimiento de ésta, aunque en ocasiones se vea eclipsada por la presencia de una deslumbrante -y sorprendente- Lola Kirke.

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Si bien es cierto que Una historia de Brooklyn es una película de una madurez digna de admirar, tanto por su forma de afrontar las diversas temáticas como por el trabajo puramente cinematográfico, tengo la sensación de que los tres últimos trabajos de Baumbach se quedan a las puertas de ser notables. Pero no puedo cuestionar a un director que consigue que cada película que hace se mantenga imborrable en mi memoria. En Mistress America nos habla, como también hiciera en Mientras seamos jóvenes, del conflicto intergeneracional, de los grupos o asociaciones culturetas -sector con el que se identifica pero que al mismo tiempo satiriza- y del apropiamiento de ideas ajenas. También se emparenta directamente con Frances Ha con su fémina protagonista: Brooke, Greta Gerwig o Frances Ha, llámenla como quieran.

En Mistress America, Tracy vaga perdida por Nueva York. Se ha mudado allí para cursar sus estudios universitarios, pero no parece interesada en relacionarse con nadie de su entorno, ni siquiera con los compañeros de la facultad. Únicamente mantiene cierta amistad con Tony, un compañero de clase que le gusta y que aparece con novia de la noche a la mañana. Las aspiraciones de Tracy en la gran ciudad quedan reducidas a entrar a formar parte del Moebius, una secta literaria de renombre en la que reciben a los nuevos integrantes con tartazos. Pero también es rechazada. Tras la recomendación de su madre, Tracy encontrará un espejo en el que mirarse -o en el que inspirarse- con Brooke, su futura hermanastra, una treintañera llena de vida e ideas pero que jamás termina por cumplir aquello que se propone.

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La nueva cinta de Noah Baumbach alcanza su clímax emocional, cómico y creativo en una secuencia que tiene lugar en la mansión del ex novio de Brooke y su nueva pareja, ahora archienemiga de nuestra protagonista tras quitarle el novio y una brillante idea de negocio, y en la que nos trasladamos por un momento a la comedia screwball de los años 30; los personajes entran y salen de la pantalla como si de una obra de teatro se tratase, dejándonos un sinfín de comentarios divertidos e inteligentes, cuya trascendencia sobrepasa la película y la eleva a un nivel superior. Desgraciadamente, la cinta termina cuando por fin habíamos dejado todo atrás y nos habíamos sumado con determinación a esa atractiva conglomeración de personalidades.

Me cuesta mucho valorar por separado las tres últimas películas de Baumbach, pues todas ellas parecen irresistibles frescos dispuestos a completar la obra de un genio intermitente. Quizá, dentro de unos años, podamos visionar todas las películas del neoyorkino en bucle y disfrutar de una obra completa que otorgue un sentido y valor íntegro a cada uno de esos frescos en los que a veces cuesta entrar, pero de los que aún cuesta más salir.

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