Críticas, Estrenos

El clan – Todo por la familia

El clan de los Puccio fue una banda criminal muy sonada en la Argentina de los años 80. Bajo una apariencia de familia normal, ninguno de sus conocidos o amistades cercanas sospechaban que se encontraba una organización –compuesta por Arquímedes Puccio en colaboración con algunos de sus hijos y de sus secuaces– que secuestraba a grandes empresarios para más tarde pedir cuantiosas cantidades de dinero por liberarlos. Una historia que se ha adaptado por doble partida este mismo año, pues actualmente se está emitiendo una serie basada en el mismo clan, que cuenta rostros muy conocidos, como Cecilia Roth o Chino Darín –el hijo de Ricardo Darín–.

Como le ocurría en Carancho, Pablo Trapero es algo negado a la hora de poner en contexto al espectador y presentar a sus personajes. La apertura de El Clan resulta caótica, algo dispersa y muy poco atractiva. No incita al espectador a adentrarse en este relato. Un gran acierto habría sido comenzar con una secuencia de un secuestro en un plano secuencia, que es un método al que suele recurrir con bastante frecuencia. Su decisión es abrir la película emulando a Scorsese. Sobra decir que el resultado es nefasto. Desaprovecha totalmente un material que resultaba interesantísimo y que tenía un gran potencial. Y es que es imposible tomarse con un mínimo de seriedad la película cuando ni el director lo hace. Se dedica a introducir una selección musical que desentona de mala manera. Más tarde, lo justifica convirtiéndola en música diegética. Esto convierte a la cinta en continuo baile de tonos, un mareo constante que me termina irritando. Spielberg mencionó en una ocasión que la gente se ha olvidado de contar historias, que ya no tienen nudo y desenlace, sino un principio que nunca termina de empezar. Creo que es una gran forma de definir la obra de Trapero.

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No existe un contraste entre la fachada con la que la familia se presenta al mundo exterior y el verdadero horror que albergan en el interior de su hogar. Ambos mundos parecen convivir bajo un mismo filtro. Esto limita en gran medida las posibilidades de la película. Tampoco existe una introspección desde el núcleo de la familia. El gran problema que genera esto es que, a la hora de mostrar el destino de uno de los personajes, resulta banal e irracional. También molesta que Trapero peque en exceso de efectista. No termino de comprender sus intenciones, porque la película no aporta absolutamente nada. No es un buen thriller, pues carece del elemento crucial para que las películas de este género funcionen: la atmósfera. Tampoco sirve como documento histórico para acercar esta macabra historia, porque no se saca nada en claro. Quizá por eso usa esa fachada tan virtuosa en la que intenta emular continuamente a Cuarón, para intentar esconder que su producto es insustancial y está totalmente hueco.

Por suerte, sí existe algo podamos destacar: la transformación camaleónica de Guillermo Francella. Un trabajo sobrio y contenido que termina eclipsando al resto de reparto, que está poco inspirado. También hay que tener en cuenta que se desaprovechan la gran mayoría de los personajes que aparecen. Mientras que en la verdadera historia de los Puccio, todos parecían tener un peso en la trama, aquí no aportan absolutamente nada. Esto podría conseguir una ambigüedad deliciosa, pues algunos de los miembros de la familia eran menores, no entendían la gravedad de la situación. Alternar los diferentes puntos de vista generaría un gran interés.

Sin título

Tras ver El Clan y Desde Allá (León de Plata y de Oro, respectivamente, en la pasada edición del festival de Venecia) me asalta una duda: ambas son películas pésimas, pero las dos se alzaron con los premios más importantes de dicho festival. En aquella sección oficial, hubo títulos extraordinarios, como Beasts of No Nation o Heart of a Dog. El presidente del jurado era Alfonso Cuarón y, casualmente, las dos ganadoras son de nacionalidad sudamericana. No sería descabellado pensar que el director mexicano las premió por su país de procedencia. En vez de indignarme por esto, recuerdo cuando en ese mismo festival en 2010, Tarantino decidió otorgar dos Leones de Plata a Álex de la Iglesia por la insultante y repulsiva Balada triste de trompeta, cuando estaban Aronofsky y Reichardt en competición. La razón aquella vez fue más indignante: ambos directores son amigos. Por tanto, no resulta tan sangrante lo de Cuarón.

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