Críticas, Estrenos

Rams – Lazos de sangre

Existía una gran expectación, al menos por mi parte, por la ganadora de este año en la sección Un Certain Regard en el festival de Cannes. Ganadoras previas, como Canino o Después de Lucía, son películas que me parecen totalmente fascinantes. Es una sección de la que no sólo surgen cintas muy poderosas, sino cineastas emergentes con una visión muy particular y que destilan talento, por lo que era normal que existiese un gran interés. Pero los logros de Rams no sólo se quedan ahí, pues también se alzó con la Espiga de Oro en la pasada Seminci de Valladolid, además de ganar en diferentes festivales europeos. Su última parada son los Oscar, ya que ha sido seleccionada para representar a Islandia.

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Gummi y Kiddi son dos hermanos que viven en un remoto valle islandés, aunque llevan años sin dirigirse la palabra. Ambos dedican su vida al cuidado de sus respectivos rebaños de carneros. Esa apaciguada vida parece verse trastocada cuando se detecta una enfermedad mortal y contagiosa en uno de los animales. Por miedo a la propagación de este virus, se decide sacrificar a todo el ganado de la zona. En estas circunstancias, estos dos hermanos tendrán que aprender a olvidar sus rencillas del pasado y aprender a colaborar si quieren encontrar una solución a esta complicada situación.

Rams es un drama intimista sobre la incomunicación, narrado de manera sobria pero de fuerte impacto emocional. El director Grímur Hákonarson utiliza con gran inteligencia al rebaño, pues le da un uso multifuncional. Para empezar, su presentación puede asemejarse algo a la desgarradora Wendy y Lucy, de Kelly Reichardt. Presenta a los personajes en una constante unión con los animales. De esta forma, la cinta nunca cae en el efectismo ni en la manipulación barata. Esos carneros no sólo representan su forma de vida (existe una competición local en la que gana el animal en que mejor estado esté), sino que adquieren un carácter alegórico para representar el perdón. También funcionan como barrera aislante en la propia comunicación, un sentimiento que se ve multiplicado por la fotografía.

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Su capacidad para inducir al espectador en un continuo estado de incertidumbre y de temor, gracias a un uso superlativo del fuera de campo, resulta fastuosa. Esa sensación constante se termina agravando en su apoteósico final, que da cierre con una imagen indescriptible. También es cierto que existe una leve falta de información, pues nunca llega a quedar claro el verdadero origen del conflicto de los hermanos, aunque se pueda intuir en uno de los diálogos. Esto no lo menciono como un defecto, ni mucho menos, pues no llega a resultar esencial para el relato.

Rams supone una de las mayores sorpresas del año. No descartaría que este joven y desconocido director islandés, si continúa su carrera cinematográfica con constancia, pueda llegar a convertirse en una de las figuras claves en el cine europeo de los años venideros.

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