Críticas, Estrenos

La promesa – Ni rastro de pasión

Si a principios de verano llegó a nuestras salas No molestar, cuyo estreno en Francia fue el año pasado, esta semana se estrena otra película de Patrice Leconte, La promesa, estrenada en tierras francesas en el año 2013 tras su paso inadvertido por el Festival de Venecia. La promesa surge con la intención de realizar una adaptación de Viaje al pasado, la novela de Stefan Zweig. La historia nos sitúa en la Alemania de 1912, donde un joven licenciado de origen humilde se convierte en secretario y persona de confianza de un rico empresario del acero. Poco a poco será solicitado para asistir frecuentemente a su domicilio, donde surgirá una relación pasional con la joven mujer de éste.

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La promesa tiene un sinfín de problemas, todos ellos motivados por una dirección carente de personalidad y por la inexistente química entre las dos piezas claves de este triángulo amoroso. La frialdad, capaz de congelar todo el relato, ocasiona que los sentimientos que (se supone) guardan los personajes en su interior nunca impregnen las imágenes de pasión. Además, la película está estructura de una manera errónea -desconozco si la novela era igual-, pues todo lo verdaderamente interesante del filme tiene lugar en la media hora final. Quiero pensar que esto no es así, que simplemente lo percibo de esta manera porque la primera hora es demasiado torpe y atropellada. En ella, supuestamente, deberían nacer unos sentimientos y emociones que hagan creernos la relación entre unos personajes demasiado planos.

Las actuaciones, sin embargo, no son del todo malas, aunque están lastradas por unos personajes muy pobres. Rebecca Hall y Alan Rickman cumplen sin alardes, mientras que Richard Madden está simplemente ridículo. Sería injusto crucificarle por este papel, pues la mayor parte de la culpa no creo que sea suya. El principal problema viene originado por la escritura de unos personajes sin arista alguna.

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Con sus evidentes problemas narrativos, La promesa podría haber sido otra cinta técnicamente imponente, con un diseño de producción y un vestuario deslumbrantes. Pero ni siquiera cumple en ese sentido, pasando sus evidentes méritos desapercibidos por culpa de una dirección tan impersonal como desconcertante. La imagen nunca respira, los planos no tienen vida y cada escena parece filmada con más pereza que la anterior; sin embargo, Laconte se empeña en hacer uso de zooms y movimientos de cámara totalmente gratuitos, transmitiendo una sensación de incomodidad que no se despega de nosotros en ningún momento.

La promesa es una película decepcionante, que desaprovecha por completo una historia que recordaba a los grandes clásicos del género dramático. Sin ser totalmente desechable ni molesta, la última (para nosotros) obra de Patrice Leconte se estrella en una inequívoca muestra de torpeza y falta de intensidad. Ni rastro de pasión en unos personajes, imágenes y situaciones que tardaré muy poco en olvidar.

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