Críticas, Otros

El fotógrafo del pánico (Peeping Tom) – Arrebato

Cuanto más pienso en «Peeping Tom», más curiosa me parece, porque nace en una época en la que en todas partes se estaba buscando romper con los patrones de estilo establecidos pero, sin embargo, al igual que su compatriota hacía con «Psicosis» o había hecho anteriormente con «La ventana indiscreta», Powell es rompedor en el enfoque, no en la forma, sino en lo que se esconde detrás de lo que se ve a primera vista (llamativo, dado el tema que trata la película).

De esta manera, «Peeping Tom» palidece al lado de obras formales tan fuera de lo común estrenadas ese mismo año, como la inquietante cinta de Franju, «Los ojos sin rostro», o «La dolce vita» de Federico Fellini que, para bien o para mal, es una película única, de una frescura inédita. Sin embargo, este thriller formalmente podría pasar fácilmente por una película de la década de los 40, la revolución no existe tanto en cómo se filma sino en qué se está pensando cuando se filma y qué se quiere generar con ello en el espectador.

Y es en este ámbito donde la cinta de Powell tiene muchísimo que decir.

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Al estilo de Hitchcock en la mencionada «La ventana indiscreta», en la que la cámara a través de la que nosotros observábamos a los personajes de la película hacía las veces de la ventana a través de la cual James Stewart observaba a sus vecinos, la película nos pone en la piel de su protagonista y asistimos en primera persona a sus crímenes. Destaca la escena inicial, que desde el primer minuto presenta al asesino y nos incomoda haciéndonos partícipes del primero de los asesinatos.

La obsesión por retratar el mundo, filmar la vida y encapsularla en fotografías o rollos de celuloide nos habla de la obsesión del cineasta por hacer cine y la necesidad de convertirse en parte de él –temas que exploraría con mayor profundidad y mejor la obra maestra de Iván Zulueta, «Arrebato»–, lo cual da a la película un carácter personal, potenciado por algunos detalles como el extraño hecho de que el niño y el padre de los vídeos del pasado sean Powell hijo y Michael Powell respectivamente.

Todo esto, unido a la existencia de un personaje tan misterioso y probablemente simbólico como el de la madre invidente que, en una película sobre la necesidad de observar ni es capaz de ver ni quiere ser observada, convierten una intrigante cinta en algo enigmático sobre lo que reflexionar que funciona tanto antes como después del visionado y que, con su hermosa fotografía en color, nos deja algunas escenas tan inquietantes como un abrazo desconsolado a una cámara de cine o la desoladora escena final: un sacrificio por y para el arte o el último acto de un hombre enfermo.

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