Críticas, Estrenos, Festival de San Sebastián 2015

El rey de La Habana – Y su banana

Nunca se nos habían mostrado de una forma tan límpida un cúmulo de acontecimientos tan terribles como los que tienen lugar en El rey de La Habana. Es cierto que la primera mitad de la película está dedicada íntegramente a los fornicios de nuestro protagonista; pero más cierto es aún que la segunda alterna sus fornicios con los verdaderas consecuencias de la pobreza. En cualquier caso, es un hecho que lo narrado en el nuevo trabajo de Agustí Villaronga no requiere de una estética tan preciosista como la que nos ofrece el estupendo -e insignificante- trabajo fotográfico de Josep María Civit. Probablemente la cinta me hubiera resultado igual de fallida e irritante con un estética más acorde, pero no hubiese sido un mal paso para transmitir el que supongo primordial objetivo del director: retratar la miseria imperante a finales de los 90 en La Habana.

Rey de la habana 1

Reinaldo, tras fugarse de un correccional, trata de sobrevivir en las calles de La Habana. Su miserable vida se resume en el sexo esporádico que tiene con mujeres -o no- que caen rendidas al ver su tremendo pingón -como él mismo lo define- y en hacer lo posible por llevarse algo a la boca antes de que finalice el día. Reinaldo conoce a Magda y Yunisleidy, también supervivientes como él. Entre los brazos de la una y la otra, intentará esquivar la criminalidad implícita en su propia naturaleza y en su entorno.

El rey de La Habana es una cinta que adolece de innumerables problemas, desde el tono hasta el apartado interpretativo. Quizá sean esos mismos los que más perjudiquen al resultado de la misma, pues la primera hora de metraje está plagada de situaciones ridículas que chocan con la seriedad que imprime el balear. Y es que el drama social no adquiere fuerza -ni casi importancia- en ningún momento, convirtiéndose la cinta en una comedia involuntaria. Los momentos dramáticos no pueden perturbar con efectividad a un espectador si éste lleva riéndose toda la película, incluso en momentos con los que no debería hacerlo. El otro problema de entidad es un actor protagonista que parece un pelele. Ya no sólo es que no se le entienda una palabra, sino que el propio personaje resulta ser más plano que Keira Knightley, carente de toda profundidad.

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Por si fuera poco, el resto de personajes y la totalidad de situaciones no tienen desarrollo alguno, o este es tan difuso que ni siquiera lo percibimos. Las interpretaciones de los secundarios acaban destacando, y no precisamente por su buen hacer: el bajo nivel del resto de variables hacen el trabajo por ellos. No existe continuidad narrativa, lo que hace que cada pasaje funcione mejor -o menos mal- independientemente que en conjunto. Vamos, que lo único rescatable de esta cinta, presentada -también inexplicablemente- en la SO del Zinemaldia, es su cuidada y pulcra estética y que consigue no hacerse del todo pesada. Preocupantes virtudes, desde luego.

Es difícil pensar que realmente el director creyese poder sacar algo positivo con ese guion y ese actor protagonista, máxime cuando hace cinco años sorprendió a propios y extraños con Pa Negre. Como he dicho antes, nunca una realidad tan abrumadora y pestilente nos había sido presentada de una manera tan agradable. Por aquí no dudamos de las intenciones de Villaronga, pero sí de su capacidad actual para dirigir proyectos.

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