Críticas, Estrenos

El Club – Tono

A la hora de plantear una película se toman muchas decisiones. Antes siquiera de que se coloquen los andamios, lleguen los obreros y se empiece a levantar el edificio, el director da vida a la obra en su imaginación bajo diferentes filtros, distintas ópticas, y de entre todas ellas escoge una en la que será una de las elecciones más importantes –si no la que más– de todo el proceso creativo. El tono se elige, habitualmente, en base a las intenciones del autor.

«El Club» gira en torno al polémico tema de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Si se pretendiese hacer una denuncia, ¿cuál sería el tono escogido? Aquel que sirviese al drama y conmoviese al espectador que, identificado con la víctima, condenase el horror. Sin embargo, Larraín esquiva el drama como medio para conmover y escoge algo mucho más atrevido, mucho más difícil pero, al mismo tiempo, increíblemente más eficaz. El cineasta chileno elige para «El Club» la vía de la incomodidad, y pone todos los recursos que el cine le ofrece a su servicio.

La imagen, de tono sombrío y lúgubre, es la primera en darnos la bienvenida al comienzo de la experiencia. La cuidada fotografía da un toque intencionadamente sucio a la cinta, potenciado por ese aspecto grumoso y difuso que la dotan de la sordidez que hace de nuestro primer contacto con ella algo extraño. Larraín no tardará en exprimir la fuerza de lo visual con el horror –a veces sugerido– de algunas de sus imágenes.

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La experiencia audiovisual se completa con el uso del sonido, que se sustenta en una inquietante –a la par que bella– y repetitiva música y en el impresionante trabajo vocal de su protagonista, Roberto Frías, cuya voz en la película es difícilmente olvidable y que junto al resto del reparto –aunque claramente un paso por delante– realiza una labor interpretativa descomunal que incrementa el tono misterioso y siniestro de la cinta.

Pero lo verdaderamente desconcertante de la película y lo que le da su carácter único y duradero es que, en un drama tan terrorífico como «El Club», sea finalmente el humor –negro negrísimo, de ese con el que da apuro reírse– el que consigue perturbar con más fuerza al espectador. Los brillantes diálogos, los tiempos muertos y la perversa mirada de Larraín dotan a la cinta de una extrañísima comicidad que termina por convertirla en una de las obras más turbias e incómodas de la historia del cine.

«El Club» hunde el dedo en la llaga y lo retuerce durante hora y media en un alarde de perversión, ingenio y crudeza. Una película que perturba en la sala y que sigue haciéndolo mientras crece en el recuerdo.

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