Festival de San Sebastián 2015, Festivales

Festival San Sebastián 2015 – Crónica del día 2

Comenzamos la segunda jornada del festival con la proyección, dentro de la sección Perlas, de Sicario de Denis Villeneuve, quien nos había deslumbrado anteriormente con thrillers tan contundentes y diferentes como Incendies, Prisoners o Enemy. En esta nueva cinta, el canadiense se interna en el seguimiento de un caso de lucha contra el narcotráfico, aunque con una perspectiva diferente a la que suelen presentar los filmes de esta temática. El director nos introduce en la trama de la mano de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es reclutada por una fuerza del gobierno de los EEUU para una misión relacionada con los cárteles mexicanos, y nos va revelando la información sobre el caso de forma progresiva, de manera que vayamos descubriéndola a la vez que la protagonista. Esto tiene el aspecto positivo de la sorpresa, de la tensión constante en la que mantiene al público; pero consigue también disminuir la implicación del espectador en la historia, al verse en un entorno hostil del que no sabe qué esperar.

La saturación mental y emocional en la que se ve envuelta la protagonista se exterioriza en forma de saturación visual, explotando en un amarillo tenso, angustioso y estridente, que sólo se rompe en tonos fríos en la falsa tranquilidad final.

Son llamativos también los tramposos juegos del director, que nos hace considerar eje central de la cinta a un personaje-objeto, cuyo valor principal resulta ser instrumental a dos niveles: en un circuito interno, donde es utilizado por otros iguales para realizar los deseos de estos; y en un circuito externo, donde es manejado por Villeneuve para guiar la obra hacia su verdadero protagonista. Y es en el cambio de mandos cuando la película termina de confirmar el brillante nervio del cineasta y de su exposición narrativa, hasta el enlace circular de sus reflexiones acerca de los límites de la legalidad, de la moralidad, y su alcance cotidiano.

Sicario

Si en Sicario destacaba el cuidado artesanal y el potente resultado final sobre una trama que de otra forma podría haber parecido demasiado vista; en Evolution, de Lucile Hadzihalilovic –que concursa en la Sección Oficial–, el elemento que más inquieta es su historia.

La directora nos entrega un puzle del que no sabemos siquiera si tenemos todas las piezas, pero con el que disfrutamos probando los diferentes encajes y tratando de avistar el conjunto. El esfuerzo principal de la cinta no está enfocado hacia la resolución de cuestiones, sino hacia la creación de una atmósfera que incite a la reflexión. Así, y potenciado por el talento del director de fotografía Manu Dacosse, nos sumergimos en un mundo pesadillesco, extraño, lejano en ideas pero cercano en sensaciones, que intenta la confrontación mediante la sugestión. Una propuesta atípica, casi críptica, que no se cierra a una sola interpretación sino que permite tantas como diferentes experiencias provoque. Una joya destinada a la revisión, que no puede ser explicada, sólo vivida.

Evolution

Y acabamos el día con el visionado de Mi gran noche, la película de Álex de la Iglesia que se proyecta fuera de concurso. A pesar del interesante punto de partida –un día en la caótica grabación de un especial televisivo de Nochevieja– la construcción de personajes bidimensionales, histéricos y estereotipados –aun siendo totalmente consciente de ello y obligando así a la mayoría de los actores a actuar por debajo de sus capacidades – limitan a la cinta a utilizar un humor autoparódico, que el director desaprovecha eligiendo el tono más chabacano y estrafalario posible, con el que me es imposible conectar. Es especialmente representativo el trato forzado de cada aparición de Alphonso, el personaje interpretado por Raphael, que es a su vez caricatura y endiose del original. Debido a esta falta de compromiso, acaba resultando insoportable en las dos opciones, y fracasa intentando dar una trascendencia cómica a algo con valor simplemente anecdótico. La cinta se ve también limitada a un contexto muy concreto, pues la mayor parte de los chistes o referencias son imposibles de exportar, y ni siquiera funcionan con un amplio espectro del público nacional.

La película se revuelve sobre una excesividad malgastada, pues su única meta es su propio regodeo. Un guión inmaduro y una dirección torpe completan la que es la peor película vista en esta edición del Festival de San Sebastián de momento.

Mi gran noche1

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