Festival de San Sebastián 2015

63 Festival de San Sebastián – Día 2

Sunset Song (Terence Davies)

El segundo día comienza temprano con la proyección de «Sunset Song», la última película del veterano Terence Davies, conocido por «Voces distantes» y la fantástica trilogía de mediometrajes, con la que se inició en el cine a finales de los 70 y principios de los 80. El relato, narrado con delicadeza, se enmarca al inicio de la Primera Guerra Mundial y explora el paso a la madurez de una joven en un entorno rural.

Los pocos reproches que pueden hacérsele son tantos como sus virtudes a destacar, y es que la cinta se me antoja tan infinitamente correcta y académica que la sensación que predomina en mí durante la mayor parte del metraje es la de indiferencia. El duro drama que presenta y su bella fotografía dan cierto interés a una película a cuya historia Davies –salvo en contadas escenas, entre las que brilla su tramo final– parece incapaz de dotar de la fuerza adecuada y que termina pasando sin alma ante mis ojos para pronto ser olvidada.

Sicario (Denis Villeneuve)

Poco después se proyecta «Sicario», nuevo thriller de encargo dirigido por Villeneuve, que vuelve a demostrar una vez más sus grandes grandes dotes como realizador. La cinta, protagonizada por unos fantásticos Benicio del Toro, Josh Brolin y Emily Blunt, está más cerca de la magnífica «Incendies» que de sus últimos trabajos, enmarcándose también en medio de un conflicto social y político. No obstante, la película más recordada durante el visionado de «Sicario» es «Zero Dark Thirty», de Kathryn Bigelow, con la que comparte algunos elementos tanto argumentales como de estilo.

Villeneuve construye un thriller redondo que no baja el nivel ni un solo segundo y que mantiene su intensidad desde el primero hasta el último minuto. Magnética y vibrante, «Sicario» es una película impactante que sabe atrapar al espectador con un uso notable de los recursos de los que dispone, entre los que destaca una impresionante utilización del sonido.

Pese a que no deja el poso de sus mejores películas, plantea cuestiones interesantes y su conclusión, totalmente desesperanzadora, vuelve a hacernos salir destrozados de la sala, por un lado exhaustos tras el frenético ejercicio de suspense (más que de acción) y por otro, desolados a tenor de su amarga reflexión.

Evolution (Lucile Hadzihalilovich)

El segundo largometraje de la mujer de Gaspar Noé ha resultado ser, probablemente, la película más polémica de la Sección Oficial de esta edición del festival. La gran división de opiniones es en cierta medida comprensible, pues se trata de una de esas propuestas difíciles, que piden del observador una implicación total y que al no ofrecer todas las respuestas, termina con tantas preguntas que algunos espectadores, al no encontrar resolución al enigma que se plantea, consideran la película una especie de «timo» o «tomadura de pelo».

No es este mi caso, y es que, aunque las escasas respuestas que aporta sirven para comprender prácticamente la totalidad de lo que se cuenta, está claro que –como ocurre en muchas otras películas– las intenciones de Lucile no son tanto plantear un misterio con resolución como seducir al espectador con un fascinante y oscuro relato, tan bello como inquietante, que acaba resultando una maravillosa experiencia para aquellos que nos dejamos llevar por sus sugerentes imágenes.

La misteriosa película de Lucile Hadzilalilovich, favorita personal de esta jornada, reafirmará seguramente su magia con los revisionados, que servirán tanto para arrojar luz sobre el extraño relato como para hacernos flotar una vez más con su cautivador viaje, como ya lo hiciese anteriormente en la notable «Innocence».

Mi gran noche (Álex de la Iglesia)

El segundo día finaliza con la primera proyección de la nueva película de Álex de la Iglesia, que cuenta con la participación del cantante Raphael. Supongo que la opinión varía en función de cómo conecta el espectador con el particular humor del cineasta vasco y cómo reacciona ante el enfoque –con tendencia al exceso– que imprime a su trabajo.

Yo soy de los que –al menos en el caso que nos ocupa– considera su «humor» como algo sin gracia, chabacano, simplón, bobo y ridículo. Ante el desfile de amigos del director que se pasean por la pantalla con torpes chascarillos sólo he esbozado una ligera sonrisa en dos o tres ocasiones, que no compensan en absoluto la sensación de vergüenza ajena constante que alcanza su máximo esplendor en los momentos protagonizados por Mario Casas.

Es innegable que «Mi gran noche» no se toma jamás en serio a sí misma, por lo que sería injusto culparla de ser la gran chorrada que pretende ser –algo que no quita que lo sea–, pero sí que considera divertido el espectáculo caótico –culpa de un montaje horroroso que, en su intento de dar frenetismo a la cinta, acaba haciéndola insoportable– del chiste torpe y fácil.

Si alguien se ríe con sus gracias y disfruta del show del exceso que dirige Álex, bien por él, pues no sentirá que ha perdido casi dos horas de su vida en una comedia que provoca más pena y vergüenza que risa, y en la que lo único positivo que encuentro para destacar es que, al menos en esta ocasión, no tenemos que ver desnudo a Carlos Areces.

Crítica originalmente publicada para TViso aquí.

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