Críticas, Otros

Perdición – Madreselva

Cuando se trata de escribir una historia de intriga, la mayoría de los escritores parecen marcarse como objetivo final que todas las piezas encajen. No es algo que les reproche, porque supongo que es lo que yo mismo haría. Pongámoslo así: Tengo una idea para una trama de intriga y voy desarrollándola. Cuando algo me falta, vuelvo al principio e introduzco en el lugar conveniente un detalle que más adelante usaré para hacer avanzar la historia. Si buscan en el guión de la película media de suspense, en las interesantes cintas de atracos o en las entretenidas películas de asesinatos, encontrarán fácilmente que los elementos que posteriormente servirán a la historia están incrustados de tal forma que salta a la vista. Esto es algo que no ocurre en Perdición.

Y es que si ya sus diálogos rápidos infinitamente ingeniosos, sus agudos comentarios («Guess I was wrong. You’re not smarter, Walter… you’re just a little taller») o sus afiladísimas frases valdrían para considerar su guión como una maravilla, su mayor virtud reside precisamente en cómo trata esos detalles que servirán más adelante para hacer fluir la historia, generando suspense y tensión. Mientras que en el guión de calidad cuestionable da la sensación de que la historia se ha ido escribiendo de forma lineal, volviendo atrás de vez en cuando para maquillar algo o introducir un elemento relevante, en Perdición todo fluye suavemente, sin baches, sin nada que desentone, algo que noto con cada revisionado, pues aun sabiendo cómo se resuelve la historia nunca nada de lo que veo me parece evidente antes de tiempo. El trazo es suave y el resultado global es impecable.

En estos revisionados, una de las cosas que más me llama la atención es cómo cada detalle parece existir para contentar al mismo tiempo a tres tramas distintas y hacerlas fluir, de forma que esa pieza no solo encaje y haga funcionar el relato en un momento sino que sirva al mismo tiempo a los tres frentes: El elemento debe ser parte de cómo se comete el crimen, debe ser parte de cómo se duda acerca de él (ya sea para justificar la teoría como para desmontarla) y debe ser parte de la resolución del caso.

Por ejemplo, se decide soltar el cadáver en las vías cuando el tren circula en tal punto. Este elemento forma parte del crimen (Walter tiene que poder saltar y el marido tiene el cuello roto, escogen un tramo fácil para bajar del tren que justifique un accidente), también forma parte de teorías que proporcionan tensión (en este caso, niega la idea del suicidio, debido a que nadie se tira de un vagón que circula tan lento si pretende suicidarse) y al mismo tiempo sirve para probar el asesinato (no se le puede matar en el tren). Walter, cuando elige soltar el cadáver ahí, no piensa que negará el suicidio ni que justificará la idea del asesinato, la escoge porque es una opción que refuerza la idea del accidente. Es una elección del escritor (o los guionistas) que, pasando desapercibida, servirá al relato hasta en dos ocasiones para impulsar el desarrollo de la trama.

Lo mismo ocurre con el hecho de que Walter acuda al marido para que firme los papeles, haciendo creer al resto del mundo que su mujer no lo sabía. Sirve al crimen (porque hace olvidar la idea del asesinato, dado que se supone que su mujer no conoce el seguro), sirve a las especulaciones (en este caso justifica el suicidio, porque contrata el seguro a sus espaldas dado que tiene pensado suicidarse) y a la vez prueba el asesinato (¿por qué no cobró la indemnización si sabía que tenía un seguro y se había roto la pierna?). De nuevo, un detalle que por sí solo podría haber sido escogido únicamente para el plan del asesinato, funciona como herramienta para más adelante, y no tenemos la sensación de que esa decisión sea un apaño de última hora a modo de idea feliz del protagonista, sino que parece ideado desde el primer minuto que servirá con posterioridad. Es perfectamente coherente para cada una de las tres situaciones en las que se tiene en cuenta.

Ejemplos así los encontramos a lo largo de toda la película, y es que hasta el más mínimo elemento que compone la trama sirve para hacer fluir la historia y es, al mismo tiempo, un detalle que pasa desapercibido en el fluir de la propia intriga. Esta maquinaria perfectamente engrasada no es sino una más de las infinitas virtudes con las que cuenta la película de Wilder, que si no es una de las obras más redondas que se han filmado nunca, al menos está muy cerca de serlo, pues desde la dirección hasta la impresionante interpretación de Edward G. Robinson como secundario, todo es sobresaliente, bordeando (y cruzando en más de una ocasión) la perfección.

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