Críticas, Otros

La balada de Cable Hogue – La balada del perdedor

En 1969 filmaba Sam Peckinpah uno de mis westerns favoritos de toda la historia: una obra revolucionaria, violenta y salvaje pero al mismo tiempo bella y melancólica. El Oeste como lo conocemos por el western clásico da sus últimos coletazos, ya no existen héroes ni mitos, valientes o grandes vaqueros, sólo pobres perdedores que se apañan como pueden.

Tan solo un año después Peckinpah retoma esa figura del perdedor y le da un nombre: Cable Hogue. Y como si la brutalidad de «Grupo salvaje» lo hubiese dejado exhausto, filma aquí una obra que, sin dejar de ser violenta y rompedora, se de siente relajada, tierna, cálida y a ratos hasta divertida. No deja de estar impregnada de tristeza, pero el tono es distendido y se permite incluso escenas puramente cómicas.

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Son éstas partes las que de alguna forma me acaban molestando, y es que en algunos momentos no puedo evitar sentir que en el fondo todo es una tontada –los fragmentos a cámara rápida, por ejemplo, no hacen más que confirmármelo. Quiero creer que algunos de los momentos crispantes de la cinta vienen provocados por los problemas de producción y que, de no ser por ellos, «La balada de Cable Hogue» habría terminado siendo una obra maestra.

Nos queda sólo imaginar lo que pudo haber sido y conformarnos al mismo tiempo con la buena película resultante: la historia del perdedor por excelencia que un día tuvo un golpe de suerte. No sabía deletrear su nombre, estaba tirado en el desierto al borde de la muerte y un día, de pronto, se convirtió en aquel hombre que encontró agua donde no había nada. Una cinta encantadora, nostálgica y llena de vida. Pese a sus deslices, muy disfrutable.

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