Críticas, Estrenos

Todo saldrá bien – La culpa es de Faulkner

Todo saldrá bien 1 bis

Tras varios años dedicado al desarrollo de trabajos documentales,e inmediatamente después de coquetear con el 3D en Pina, Wim Wenders decide retomar esa vertiente humanista que le sitúo en la cima del cine de autor. Además, el cineasta alemán vuelve a probar suerte con esa tercera dimensión que tan buenos resultados le reportó con Pina. Sin embargo, parece que detrás de esta historia de personajes hay algo que no parece ir tan bien como debería. Así mismo, Wenders parece querer autoconvencerse de que todo va a salir bien, pues es una frase que repiten constantemente los personajes de Todo saldrá bien, haciendo alusión directa al título. Y sí, en un momento de la película uno de ellos culpa a Faulkner de un accidente. Pero la culpa, indudablemente, es de Wenders.

La nueva película de Wim Wenders, la cual no fue muy bien recibida en la última edición de la Berlinale, cuenta la historia de Tomas (James Franco), un joven escritor que, de forma inintencionada, atropella a un niño con terribles consecuencias. El tiempo pasa pero Tomas no es capaz de superar por completo aquel traumático suceso, lo que afecta directamente a su relación con Sara (Rachel McAdams), su novia. Doce años más tarde, convertido en un escritor de éxito, Tomas no ha olvidado el suceso que catapultó su carrera profesional. La madre del niño fallecido, Kate (Charlotte Gainsbourg), tampoco parece haberlo olvidado, y su vida y la de Tomas están destinadas a sufrir procesos similares.

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Paradójicamente, en Todo saldrá bien nada funciona de manera correcta. A pesar de comenzar con una escena filmada de manera sobresaliente, de esas que le mantienen a uno en tensión, todo lo que viene detrás supone una verdadera decepción. Hay otra escena excepcional, la cual se desarrolla en un parque de atracciones, pero ambas acaban siendo espejismos de lo que podría haber sido la película; su inmensidad queda muy alejada de aportarle intensidad e interés a un todo en el que las partes no parecen perseguir el mismo objetivo. Hay dos cosas que evidencian esa desavenencia: una banda sonora repleta de composiciones excelentes, pero que en ningún momento acompaña de manera adecuada las imágenes que vemos en pantalla, y una búsqueda de profundidad en esa fotografía en tres dimensiones tan innecesaria como intrascendentes. El trabajo de Alexandre Desplat y Benoît Debie es notable, pero no dan la sensación de estar supeditados al desarrollo de la historia. En Todo saldrá bien no existe unidad de ningún tipo, y eso merma las posibilidades de un guión ya de por sí mediocre.

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Consciente de que la historia a tratar es proclive a caer en tremendismos y manipulación, Wenders esquiva esas vías tan transitadas en el género. Sin embargo, todo está contado de una manera perezosa y desganada, por lo que el dramatismo no termina de funcionar en ningún momento. A un guión así se le presupone una profundidad considerable, y ni los personajes ni la propia historia parecen avanzar de la manera conveniente. Para condenar definitivamente este trabajo, las interpretaciones son tan planas como el guion; Rachel McAdams es la única que se cree su personaje y le aporta credibilidad, pero su participación es mínima y poco más puede hacer.

Otra cosa imperdonable para un autor de la experiencia del alemán, es la forma de llevar a cabo los saltos temporales. La película se desarrolla a lo largo de 12 años, por lo que el trabajo de producción supone un despliegue de medios mucho mayor de lo habitual. Es bastante triste que todo ese trabajo se eche por tierra de la manera más boba posible; no se puede utilizar el mismo tipo de fundido a negro para avanzar unos minutos en la historia que para un salto de dos o cuatro años. Es algo inexplicable.

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Todo saldrá bien supone un fiasco de dimensiones desproporcionadas. Wim Wenders vuelve al largometraje con un trabajo superficial, aburrido y por momentos inaguantable. La historia pretende desprender un lirismo que entorpece su desarrollo. Esperemos que esto no sea más que un bache en la filmografía de uno de los cineastas más influyentes de las últimas décadas. Aquí su talento sólo se vislumbra en dos momentos logradísimos, en los que la película parece coquetear con el suspense, pero que nunca encuentran su sitio en este drama tan plano.

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