Críticas, Otros

Inherent Vice – Echar de menos

Antes del visionado.

Thomas Pynchon es un autor inmenso, hasta el punto de ser considerado por el aclamado y veterano crítico literario Harold Bloom como uno de los cuatro mejores escritores estadounidenses vivos –y quizá el mejor de ellos, aclara–. Eso, unido al respeto que parece tener Paul Thomas Anderson por Pynchon, me hacía temer que la nueva película del cineasta californiano fuese más una adaptación que una obra cinematográfica en sí misma. Es decir, que PTA estuviese más preocupado por adaptar y trasladar a Pynchon a la gran pantalla que por hacer cine.

Me preocupaba también el tono de la película. La novela de Pynchon es caótica y paranoica, retrato no sólo de la época en sí sino también de la propia mentalidad que parecía imperar en su tiempo, mordaz, frenética y monumental, a pesar de ser considerada la obra más convencional e incluso menor del eterno candidato al Nobel de Literatura. ¿Trataría de imprimir el mismo tono de la novela o reforzaría su vertiente más cómica, gamberra y alocada? El trailer –que normalmente me niego a ver– apuntaba a esto, lo que me hacía creer que se trataría de una película ligera, divertida, para pasar un buen rato –o no hacerlo, ya veríamos–, pero sin capacidad para dejar huella.

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El visionado.

Entré en la sala completamente inseguro. Podía pasar cualquier cosa, no esperaba una opinión en particular, tanto si la amaba como si la odiaba no había sorpresa, porque todo podía ocurrir. Y el escepticismo me duró unos cuantos minutos. Tal vez diez o veinte, hubo un punto en que me di cuenta de que una sonrisa de encanto no desaparecía de mi cara, una sonrisa que, efectivamente, duró todo el metraje. Había olvidado la novela y cualquiera de mis expectativas y había sucumbido al universo pynchoniano bajo el filtro de PTA, un filtro alejado de la potencia y la intensidad de trabajos anteriores, y más tierno y cercano que nunca. Porque sentí que si algo derrochaba «Inherent Vice», ese algo era encanto.

INHERENT VICE

Tras el visionado.

No iba a haber sorpresa, decía, en cuanto a mi opinión de la película, pues cualquier cosa podía ocurrir, pero sí que la encontré en todo lo demás, porque mis expectativas no podían estar más lejos de la realidad. «Inherent Vice» resultó ser todo menos una película ligera y liviana que se queda en la sala de cine. Se ha mantenido en mi cabeza a lo largo de los días que han pasado desde entonces y sé que lo hará durante mucho tiempo. Está más allá de la sencilla y milimétrica adaptación, es otra cosa, un ente apartado. Respira, tiene alma. Hay un algo especial en ella, un poso de tristeza, de nostalgia, de lo que sea, en ese encantador relato. Un relato de personajes, que, de alguna forma, pasan a ser mis propios amigos. Un amigo la describió como «la última semana de agosto con 15 años». Entonces no lo entendí tanto como lo entiendo ahora, y sé que no hay definición mejor.

Así pues, la disfruté y la disfrutaré mucho siempre, porque se me ha grabado su recuerdo, como el recuerdo de Doc y Shasta, empapados bajo la lluvia que conservan pese al paso del tiempo, en esa escena que define casi el tono real de la película, el toque tierno y triste al que uno podría llamar el «echar de menos». PTA se permite cambiar el final, reforzando ese sentimiento, esa sensación. Y la última sonrisa de Doc me acompaña hasta que acaban los créditos y se encienden las luces de la sala. Y lo hace siempre que pienso en la película, porque quiero a esa panda de locos que corretea por la pantalla, porque he vivido junto a ellos esa noche de agosto. Porque entiendo a Wolfman, y a Bigfoot, y a Shasta, y sobre todo porque entiendo la triste sonrisa de Doc Sportello. Any Day Now.

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